El móvil se ha convertido en la puerta por la que entra casi todo lo que consumimos a diario y también en el escenario donde sentimos esa necesidad creciente de abarcar más en menos tiempo porque cada notificación reclama un pedazo de atención y cada nueva tendencia parece exigirnos que estemos al día para no quedarnos fuera de la conversación. El móvil ha moldeado un ritmo que ya asumimos como natural aunque muchas veces ni lo cuestionamos y en ese ritmo acelerado aparece el speed-watching como respuesta casi automática a la prisa que llevamos dentro una forma de “optimizar” minutos que ya estaban ocupados por otras urgencias.
Con el paso del tiempo este hábito dejó de ser una rareza y se instaló en la cultura cotidiana ya no es extraño escuchar a alguien decir que acelera audios vídeos series o incluso lecturas porque siente que no puede permitirse ir “lento” ni siquiera en su propio ocio. El móvil alimenta esta sensación de inmediatez una especie de presión invisible que nos empuja a consumir rápido para pasar a otra cosa y en medio de esa carrera nos preguntamos si todavía disfrutamos o si solo estamos tachando tareas de una lista que nunca termina.
1Speed-watching la nueva costumbre que el móvil ha normalizado
El speed-watching se presenta como un gesto inocente aunque en realidad habla mucho de cómo vivimos porque el móvil nos ha acostumbrado a creer que el tiempo siempre es insuficiente y que cualquier pausa es una pérdida. Acelerar un audio o un vídeo parece práctico pero también refleja la ansiedad por no quedarnos atrás y la sensación constante de que deberíamos estar consumiendo más contenidos de los que podemos digerir con calma. Este fenómeno se extiende por WhatsApp TikTok YouTube podcasts y hasta plataformas de cine donde incluso las obras pensadas para disfrutarse con un ritmo propio terminan comprimidas en minutos.
La Dra Lucía Vidorreta advierte que detrás de esta práctica hay implicaciones profundas en cómo funciona nuestro cerebro ya que el móvil empuja a un flujo acelerado de estímulos que no siempre logramos procesar del todo. La atención sostenida pierde espacio cuando nos acostumbramos a esta velocidad artificial y la memoria también se resiente porque no le damos tiempo para consolidar lo que pasa delante de la pantalla. Lo curioso es que esa sensación de productividad es engañosa ya que muchas veces debemos volver a escuchar lo mismo porque no lo entendimos bien a la primera.





