El móvil se ha convertido en la puerta por la que entra casi todo lo que consumimos a diario y también en el escenario donde sentimos esa necesidad creciente de abarcar más en menos tiempo porque cada notificación reclama un pedazo de atención y cada nueva tendencia parece exigirnos que estemos al día para no quedarnos fuera de la conversación. El móvil ha moldeado un ritmo que ya asumimos como natural aunque muchas veces ni lo cuestionamos y en ese ritmo acelerado aparece el speed-watching como respuesta casi automática a la prisa que llevamos dentro una forma de “optimizar” minutos que ya estaban ocupados por otras urgencias.
Con el paso del tiempo este hábito dejó de ser una rareza y se instaló en la cultura cotidiana ya no es extraño escuchar a alguien decir que acelera audios vídeos series o incluso lecturas porque siente que no puede permitirse ir “lento” ni siquiera en su propio ocio. El móvil alimenta esta sensación de inmediatez una especie de presión invisible que nos empuja a consumir rápido para pasar a otra cosa y en medio de esa carrera nos preguntamos si todavía disfrutamos o si solo estamos tachando tareas de una lista que nunca termina.
2El impacto cognitivo de un cerebro acostumbrado a la velocidad
Diversos estudios señalan que cuando el cerebro se adapta a recibir información de forma tan rápida como exige el móvil aumenta la demanda de novedad y disminuye nuestra capacidad para permanecer en un estímulo durante más de unos segundos. Esto genera ciclos de atención fragmentada donde todo se vuelve superficial y donde se prioriza avanzar aunque no estemos reteniendo casi nada. Esa necesidad de estímulos constantes hace que actividades tranquilas como leer estudiar o simplemente escuchar se vuelvan incómodas porque requieren un ritmo que ya no toleramos con facilidad.
En la etapa juvenil este efecto se multiplica porque el cerebro aún está en desarrollo y la exposición continua a esta dinámica puede dificultar el aprendizaje y la capacidad de concentración en el aula. La doctora Vidorreta recuerda que el móvil introduce una sobreestimulación que termina generando frustración y una baja tolerancia a la espera lo que reduce el placer del propio ocio. Cuando todo debe ir rápido deja de haber espacio para disfrutar del proceso y aparece una búsqueda compulsiva de nuevos contenidos que raramente nos deja satisfechos.





