Satán
Una estatua de Satán erigida por una secta en Detroit. Foto: Europapress.

Los rituales, los sacrificios o las ceremonias sexuales sórdidas no son elementos exclusivos del cine de los años 70. Las sectas son una realidad en España. Las hay satánicas, religiosas e incluso que promueven las pseudoterapias. Pero la mayoría de ellas captan personas, las someten y las retienen a través de grupos de presión. Para combatirlas, la Escuela Nacional de Policía y la Universidad Católica de Ávila impartirán el 4 y 5 de julio el curso “Las sectas en España: conocer para actuar”, en el cual enseñarán a la policía a afrontar este tipo de organizaciones.

La Policía Nacional, la Guardia Civil e incluso los Mossos D’Esquadra acudirán a este curso. Todos escucharán las palabras de los expertos que vertebran el programa: el sacerdote Luis Santamaría y el ingeniero Vicente Jara. Actualmente, hay 400.000 personas que pertenecen a sectas en España, según sostiene Santamaría. Y lo más difícil es demostrar que esos grupos cometen un delito.

No todas son satánicas o religiosas. De hecho, las que “adoran” al diablo no lo hacen como tal. Veneran la idea del demonio como un símbolo de rebelión contra lo establecido. Contra las normas. Son de las pocas sectas que no son proselitistas. Pero pese a que no nos encontremos a un miembro de un grupo satánico en la boca del metro tratando de convencernos de adorar a Belcebú, tienen riesgos. “Hacen rituales. Y en casos extremos, sacrificios humanos”, sostiene Santamaría, quien se resiste a incluir en el mismo saco a los satánicos con el resto.

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Las sectas más peligrosas son las más pequeñas. Las hay de pocos miembros (incluso cuatro o cinco), con una capacidad importante de movilidad. Esto las hace difícil de perseguir y documentar. Todas cumplen los mismos requisitos. Cuentan con un líder carismático que “como está convencido, convence”, según sostiene Santamaría, controlan a los individuos a través de vínculos emocionales y retienen a los miembros con grupos de presión.

Lo más difícil para la policía es demostrar que la actividad de la secta es ilegal. Pero Santamaría y Jara tienen un método. Primero, escuchar el relato del denunciante y comprenderlo; segundo, informarse bien sobre el grupo y, por último, orientar a las familias para que consigan pruebas enjuiciables. Pasos sencillos para una tarea complicada.

La mayoría de los miembros de una secta, aunque estén ahí contra su voluntad o sometidos por algún tipo de persuasión coercitiva, afirman pertenecer al grupo porque quieren. “Es similar a la violencia de género”, apunta Santamaría. Esto complica aún más la labor de la policía. Una secta per se no realiza actividades ilegales. Sin embargo, los miembros suelen estar sometidos al considerar que “la salvación” está dentro del grupo. Y obedecen al líder en todo lo que quiera. Desde desprenderse de sus propiedades hasta los abusos sexuales.

En los años 80 y 90 la mayoría de las sectas eran religiosas. Reinterpretaciones de credos ya existentes o religiones nuevas. En el siglo XXI la tendencia ha cambiado. Ahora, las sectas más comunes con aquellas que tienen que ver con el crecimiento personal o las pseudoterapias. Movimientos como los antivacunas o cualquier pseudoterapia que cuestione la medicina moderna son algunas de las consecuencias palpables de estas nuevas sectas. Cada vez es más frecuente ver gurús, curanderos y pseudomédicos que afirman curar enfermedades de formas poco convencionales.

Algunas alcanzan dimensiones considerables Como la Iglesia de la Cienciología, que trascendió la consideración de secta para convertirse en un credo cuya imponente sede en España está el centro de la capital, junto al Congreso de los Diputados. Pero este tipo de grupos son menos peligrosos. Para Santamaría, las sectas grandes tienen más preocupación por cumplir la legalidad. El peligro está en los grupos pequeños.

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Aún recuerda el sacerdote una secta de tan solo cinco miembros cuyo líder captó a sus seguidores cuando eran jóvenes. Ahora, llevan 12 años juntos. Y ante cualquier amenaza judicial, el grupo se traslada a otra provincia sin demasiada dificultad. Un estudio realizado por el clérigo en 2014 aventuraba que el número de sectas en España era de 350. Ahora, Santamaría no se atreve a confirmar su cifra. “Es muy difícil de calcular”, asegura. Eso sí, ese número no contiene las sectas satánicas, unos grupos peculiares que han merecido una asignatura del curso.

Los satánicos son más filosóficos. Solo acogen a Satán como un recuerdo de rebeldía. Quieren hacer lo que quieran. Sentirse libres de toda norma. Y los rituales están enfocados a ello. Pero esto no significa que no haya grupos que adoren al diablo. Estas sectas son un caldo de cultivo para sociópatas y delincuentes. En los casos más extremos realizan sacrificios. Tanto de animales como de personas, tal y como asegura el sacerdote. Pero no es lo más común.

“Me encuentro con mucha frecuencia con casos personales”, sostiene Santamaría. Los afectados abandonan el empleo, su dinero, sus pertenencias, a su familia y amigos y se entregan completamente a su grupo. En ese estado, el líder somete y persuade cada vez más a sus adeptos hasta el punto que convencerles de que la “salvación” solo está en la propia secta. No solo sufren los captados. También sus familiares, quienes tienen un papel fundamental a la hora de desarticular el clan.

Pero el verdadero peligro de las sectas son los abusos psicológicos y el adoctrinamiento. Muy frecuentes y difíciles de demostrar. Es este el principal elemento que debe perseguir la policía. Un aspecto que Santamaría y Jara enfocarán desde un punto de vista legislativo y judicial en este curso de verano abierto al público que imparte la Universidad Católica de Ávila.

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