El día que España vendió el Gibraltar del Caribe es una de las páginas más dolorosas y olvidadas de nuestra historia contemporánea. Aquella negociación, presentada como un acuerdo de paz, fue en realidad la crónica de una rendición inevitable. Tras una guerra fulminante, España se vio forzada a ceder su soberanía sobre la isla a Estados Unidos, poniendo fin a siglos de presencia en el continente americano. ¿Cómo se llegó a esa situación?
Pocos recuerdan los detalles de aquella cesión de Puerto Rico, un enclave que por su valor estratégico era conocido en las cancillerías de medio mundo. La historia detrás del Tratado de París de 1898 revela la debilidad de un imperio en decadencia frente a una potencia emergente con ansias expansionistas. Aquella firma no solo significó la pérdida de la isla, pues el acuerdo supuso el punto final a siglos de dominio español en América y Asia.
CRÓNICA DE UNA DERROTA ANUNCIADA
A finales del siglo XIX, España era un fantasma de su antiguo poder. El país estaba sumido en una profunda crisis económica y política, mientras sus últimas colonias de ultramar, Cuba y Filipinas, ardían en insurrecciones. Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos vivía el momento opuesto: una nación joven, industrializada y con una creciente ambición, guiada por la doctrina del «Destino Manifiesto». La joya caribeña estaba en su punto de mira.
El pretexto perfecto llegó en febrero de 1898 con la misteriosa explosión del acorazado estadounidense USS Maine en el puerto de La Habana. Washington no dudó en culpar a España, desatando una campaña de prensa incendiaria que empujó a la guerra. A pesar de los intentos diplomáticos por evitarla, la declaración de guerra fue el movimiento que Estados Unidos necesitaba para ejecutar su plan de expansión. El fin del imperio español había comenzado.
LA GUERRA QUE NUNCA PUDIMOS GANAR
La superioridad militar de Estados Unidos fue aplastante desde el primer momento. La Armada española, con barcos anticuados y tripulaciones mal preparadas, no era rival para la moderna flota de acero norteamericana. Las batallas navales de Cavite, en Filipinas, y de Santiago de Cuba fueron auténticas masacres que aniquilaron el poder naval español. La noticia de las derrotas cayó como una losa en la moral de la nación.
En cuestión de meses, la guerra estaba sentenciada. Las tropas estadounidenses desembarcaron en Cuba, Filipinas y Puerto Rico sin encontrar apenas resistencia organizada. Para el gobierno de Madrid, la situación era insostenible. La contienda relámpago había dejado claro que la defensa de las colonias era imposible y que prolongar la lucha solo traería más muertes y una humillación mayor. Había llegado el momento de sentarse a negociar la paz, o más bien, la rendición.
PARÍS, EL ESCENARIO DE LA RENDICIÓN
En otoño de 1898, las delegaciones de ambos países se reunieron en París para pactar las condiciones del fin de la guerra. La posición de España era de una debilidad absoluta. Los negociadores españoles llegaron con el único objetivo de salvar lo poco que se pudiera, pero sus homólogos estadounidenses impusieron sus términos sin contemplaciones. No había nada que negociar, solo aceptar las consecuencias de la derrota militar.
Las exigencias de Washington fueron duras: España debía reconocer la independencia de Cuba y cederles la soberanía de Guam y Puerto Rico, el codiciado Gibraltar del Caribe. Pero la humillación final llegó con Filipinas. Estados Unidos también la quería, y para darle una pátina de legalidad a la anexión, ofreció una compensación de 20 millones de dólares, una cifra ridícula que escenificaba una venta forzosa. Aquella transacción fue percibida como la venta de la colonia por cuatro duros.
¿POR QUÉ NADIE LUCHÓ POR EL ‘GIBRALTAR DEL CARIBE’?
A diferencia de Cuba, que llevaba décadas en guerra por su independencia, Puerto Rico había permanecido relativamente leal a la corona, e incluso se le había concedido una amplia autonomía poco antes de la invasión. Su valor era inmenso, pues la posición geoestratégica de la isla era clave para controlar las rutas marítimas del Caribe, un anhelo que explica por qué se referían a ella como el Gibraltar del Caribe. Era una auténtica joya.
Sin embargo, en la mesa de negociación, la delegación española no tuvo margen de maniobra. La flota había sido destruida y el ejército diezmado. Defender militarmente el Gibraltar del Caribe era una quimera. Por ello, la cesión de Puerto Rico se vio como un mal inevitable para poder firmar la paz y evitar un mal mayor, como una posible intervención militar en las Canarias o incluso en la propia península. Fue un sacrificio doloroso pero pragmático.
LA CICATRIZ DEL 98 QUE NUNCA CERRÓ
El Tratado de París supuso un trauma nacional. El «Desastre del 98» sumió a España en una profunda crisis de identidad que sacudió los cimientos del país. Intelectuales y escritores de la talla de Unamuno, Machado o Baroja, la llamada Generación del 98, analizaron las causas de la decadencia. Aquella derrota no solo redibujó el mapa, pues la pérdida de las últimas colonias obligó a España a replantearse su papel en el mundo y a mirar hacia dentro.
Hoy, más de un siglo después, las consecuencias de aquel tratado siguen vivas. Filipinas es una nación independiente, Cuba tomó su propio camino y Puerto Rico continúa en una compleja situación como «estado libre asociado» a Estados Unidos. La historia del Gibraltar del Caribe es el recuerdo de un imperio que se desvaneció y de un nuevo orden mundial que nació de sus cenizas. Y todo quedó sellado con una firma en París.