La depresión se ha explicado durante años como un problema químico que habitaba en un cerebro supuestamente falto de serotonina. Ese relato, repetido como un mantra por profesionales, medios y campañas farmacéuticas, ha calado tan hondo que hoy cuesta imaginar otra forma de entender la salud mental. Sin embargo, cuando una voz respetada en la psiquiatría internacional cuestiona esa base y pide revisar aquello que damos por hecho, el debate se abre con fuerza, y eso es precisamente lo que está ocurriendo con las declaraciones de Joanna Moncrieff, una de las figuras más críticas del modelo biomédico clásico.
En su análisis, la depresión aparece como un fenómeno mucho más complejo que un simple desajuste molecular, un matiz que puede cambiarlo todo. Su investigación, recogida en su libro ‘El mito de los antidepresivos’, desmonta la idea de que la serotonina tenga la última palabra. Moncrieff propone volver a mirar la depresión desde una perspectiva más amplia, más humana y menos reducida a un único mecanismo biológico.
2El papel y los efectos reales de los antidepresivos
Moncrieff dedica buena parte de su trabajo a analizar cómo los antidepresivos se convirtieron en la respuesta automática ante la depresión. Durante décadas se han presentado como medicamentos capaces de “corregir” un supuesto desequilibrio químico, pero la doctora insiste en que no existe evidencia sólida que respalde esa corrección. Explica que estos fármacos alteran el estado mental de forma similar a otras sustancias psicoactivas, y que esa modificación puede confundirse con una mejoría del ánimo cuando en realidad se trata de un efecto directo del medicamento.
Además, subraya que muchos antidepresivos reducen la intensidad emocional, lo que ha tardado en reconocerse porque durante mucho tiempo se evitó admitir que tienen efectos psicoactivos generales. En su análisis de la depresión y de los tratamientos actuales, también señala que algunos ISRS pueden provocar agitación e incluso, en raras ocasiones, impulsos suicidas. A ello se suma el problema de la abstinencia, pues la retirada puede desencadenar síntomas que se prolongan durante semanas o meses, algo que, según la autora, se ha subestimado de forma grave.






