Joanna Moncrieff, psiquiatra: «No hay pruebas convincentes de que la depresión esté causada por una anomalía de la serotonina”

La depresión es un problema que está afectando a gran parte de la población. Sin embargo, no existe las pruebas suficientes para decir con exactitud cuál es la razón de este padecimiento, aunque muchos lo asocien a la falta de serotonina en el cuerpo. Una psiquiatra experta, nos explica todo sobre el tema, los mitos y nos habla de los antidepresivos.

La depresión se ha explicado durante años como un problema químico que habitaba en un cerebro supuestamente falto de serotonina. Ese relato, repetido como un mantra por profesionales, medios y campañas farmacéuticas, ha calado tan hondo que hoy cuesta imaginar otra forma de entender la salud mental. Sin embargo, cuando una voz respetada en la psiquiatría internacional cuestiona esa base y pide revisar aquello que damos por hecho, el debate se abre con fuerza, y eso es precisamente lo que está ocurriendo con las declaraciones de Joanna Moncrieff, una de las figuras más críticas del modelo biomédico clásico.

En su análisis, la depresión aparece como un fenómeno mucho más complejo que un simple desajuste molecular, un matiz que puede cambiarlo todo. Su investigación, recogida en su libro ‘El mito de los antidepresivos’, desmonta la idea de que la serotonina tenga la última palabra. Moncrieff propone volver a mirar la depresión desde una perspectiva más amplia, más humana y menos reducida a un único mecanismo biológico.

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Un debate incómodo pero necesario sobre la depresión

“Es necesario evaluar los riesgos de la medicación”. Fuente: Freepik

En su conclusión, Moncrieff plantea que la comunidad científica se dejó seducir por la idea de que los antidepresivos eran una especie de solución milagrosa para la depresión. Con el tiempo, esa visión ocultó los riesgos, los efectos secundarios y la posibilidad de que el alivio percibido tuviera más que ver con el efecto placebo que con una corrección biológica. Sostiene que asumir sin más la teoría del desequilibrio químico ha llevado a ignorar la complejidad de la experiencia humana.

Su advertencia final apunta a que no existen pruebas creíbles de que la depresión sea consecuencia de una anomalía biológica identificable, y que tampoco hay base para creer que los antidepresivos corrijan un defecto cerebral subyacente. Por el contrario, asegura que pueden embotar las emociones y empeorar la situación en algunos casos, aunque tampoco se trata de eliminar la medicación del debate, sino de abrirlo, pues la autora insiste en que es momento de repensar cómo entendemos la salud mental y qué papel deberían tener los tratamientos en ella.

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