La salud mental se ha convertido en uno de los grandes temas de nuestro tiempo, pero también en uno de los más contradictorios. Vivimos rodeados de herramientas diseñadas para mejorarla, desde aplicaciones que prometen serenidad hasta rituales de bienestar que llenan casas, bolsos y redes sociales, y aún así, la salud mental parece cada vez más frágil. Somos la generación que más habla de ansiedad y que más intenta combatirla, aunque el cansancio emocional siga llegando con la misma intensidad que los mensajes que nos invitan a “respirar hondo” y seguir adelante.
En este contexto, escuchar a especialistas como Sara Sarmiento, psicóloga y psicoanalista del centro ‘Yo Vivo Consciente’, resulta casi un acto de orientación. Ella observa que, en medio de tantas herramientas, la salud mental se ha convertido en un producto más, algo que consumimos y exhibimos. Y esa paradoja de buscar calma en una cultura que nos empuja al hiperconsumo y a la hiperexigencia, explica por qué, pese a tener más recursos que nunca, seguimos sintiéndonos agotados.
1Cuando la salud mental se convierte en un escaparate
Sarmiento explica que nuestra relación con el entorno es determinante, ya que no somos solo individuos aislados intentando gestionar emociones, sino cerebros expuestos a estímulos constantes, tales como mensajes, comparaciones, ritmos acelerados, e ideales imposibles. De ahí que la salud mental no pueda comprenderse sin mirar alrededor y sin aceptar que, en una sociedad que exige producir y aparentar, el cansancio se convierte en norma.
La psicóloga señala que el bienestar se volvió mercancía, pues no basta con meditar, ahora hay que contarlo; no basta con estar en paz, sino demostrarlo en Instagram. Y esa presión por mostrar una versión perfecta de nosotros mismos no hace más que desgastar aquello que intentamos proteger. Según Sarmiento, lo que más daño nos hace no es la falta de herramientas, sino las heridas internas que seguimos cargando como los traumas, roles familiares, creencias limitantes que nunca cuestionamos y que acaban empujándonos a buscar soluciones superficiales.






