Sara Sarmiento, psicóloga: «la salud mental, el bienestar y la espiritualidad se han convertido en otro producto más»

La salud mental no es un tema que deba ser tomado a la ligera, y aunque ahora se hable mucho de eso, muy poco es lo que se habla con evidencia científica o con profesionales. Una experta nos explica cómo se ha convertido en un producto más y el gran error que hay en eso.

La salud mental se ha convertido en uno de los grandes temas de nuestro tiempo, pero también en uno de los más contradictorios. Vivimos rodeados de herramientas diseñadas para mejorarla, desde aplicaciones que prometen serenidad hasta rituales de bienestar que llenan casas, bolsos y redes sociales, y aún así, la salud mental parece cada vez más frágil. Somos la generación que más habla de ansiedad y que más intenta combatirla, aunque el cansancio emocional siga llegando con la misma intensidad que los mensajes que nos invitan a “respirar hondo” y seguir adelante.

En este contexto, escuchar a especialistas como Sara Sarmiento, psicóloga y psicoanalista del centro ‘Yo Vivo Consciente’, resulta casi un acto de orientación. Ella observa que, en medio de tantas herramientas, la salud mental se ha convertido en un producto más, algo que consumimos y exhibimos. Y esa paradoja de buscar calma en una cultura que nos empuja al hiperconsumo y a la hiperexigencia, explica por qué, pese a tener más recursos que nunca, seguimos sintiéndonos agotados.

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El negocio del bienestar y sus consecuencias

“Las aplicaciones pueden ser aliados poco confiables”. Fuente: Freepik

En esta cultura del “más es mejor”, las apps, los gurús improvisados y los consejos exprés se presentan como respuestas universales. Pero Sarmiento advierte que, al no cumplir la promesa de una felicidad inmediata, estos productos generan frustración. Nos hacen creer que el problema somos nosotros, cuando en realidad lo que ocurre es que ninguna solución rápida puede reparar un dolor profundo. La salud mental, recuerda, no se arregla con un filtro bonito ni con una moda pasajera.

El exceso de estímulos, que van desde contenidos de bienestar hasta comparaciones constantes, satura un cerebro que nunca fue diseñado para manejar tanta información. Y cuando todo se vuelve demasiado, aparece esa sensación de desconexión que tanta gente reconoce; una mezcla de ansiedad, cansancio y vacío que nace de tratar de estar bien sin mirarse de verdad.

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