A finales de noviembre de 2025, Alfonso Fernández Mañueco vuelve a situarse en el centro de la política castellano-leonesa. Lo hace en un contexto especialmente áspero, marcado por una gestión del último verano que ha dejado numerosos flancos abiertos y por un final de legislatura en el que ha gobernado más a la defensiva que con iniciativa.
Con las elecciones autonómicas previstas para el 15 de marzo de 2026, el presidente afronta una campaña en la que pesan más los interrogantes que las certezas. Su figura ha quedado tocada por la investigación abierta por la Fiscalía de Castilla y León tras la denuncia de la Asociación Bierzo Aire Limpio por los incendios forestales de agosto. La crisis no solo ha generado un nuevo frente judicial, sino que ha deteriorado notablemente la relación entre Mañueco y su consejero de Medio Ambiente, Juan Carlos Suárez-Quiñones.
A ello se suma un clima político que ha convertido las Cortes en una carrera de obstáculos: la oposición, heterogénea pero cohesionada en su rechazo al PP, ha impuesto su mayoría para tumbar los presupuestos, abrir la tramitación de la ley del Cuerpo de Agentes Medioambientales —sin tiempo ya para aprobarla— y rechazar dos decretos clave sobre el operativo de incendios forestales.
El Ejecutivo, reducido a un papel reactivo, ha constatado su debilidad parlamentaria en un momento especialmente delicado.
ESCALADOR
La carrera del presidente está marcada por una larga travesía orgánica que comenzó en Salamanca, donde su apellido y el peso político de su suegro dentro del PP provincial contribuyeron a situarlo en posiciones de influencia desde muy joven.
Hijo de un alcalde franquista de la ciudad, Mañueco creció en un entorno en el que la estructura orgánica del partido tenía más capacidad de fabricar liderazgos que los propios procesos internos. Su ascenso institucional —presidente de la Diputación, consejero autonómico, alcalde de Salamanca y finalmente presidente de la Junta— fue constante, pero pocas veces acompañado de grandes iniciativas o perfiles propios.

No todas sus etapas estuvieron exentas de controversia. Como alcalde, mantuvo durante años su negativa a retirar el medallón de Franco de la Plaza Mayor pese a la Ley de Memoria Histórica. La Junta terminó ordenando su retirada por la fuerza en 2017. Esa resistencia a cumplir una normativa estatal marcó entonces su imagen pública, que incrementó su percepción como político rígido en cuestiones simbólicas. Su consolidación como líder regional del PP llegó con las primarias de 2017, que fueron unas votaciones en las que se impuso con holgura, pero que terminaron teñidas por las dudas sobre su financiación.
En Salamanca, su bastión, aparecieron 24.140 euros de origen desconocido. La causa judicial se prolongó hasta 2023, cuando fue archivada al considerar el juez que los pagos de altos cargos para cubrir cuotas de militantes no constituían delito. Aunque el caso quedó cerrado, el episodio debilitó públicamente la imagen interna del partido y proyectó la idea de un proceso apoyado en mecanismos poco transparentes.
Su principal rival potencial, Rosa Valdeón, quedó apartada de la vida política tras dos episodios de conducción bajo los efectos del alcohol, el último en 2019. Su salida dejó a Mañueco como único líder viable de un PP autonómico sin recambios claros, un vacío que reforzó aún más su posición aunque no necesariamente por méritos propios.
PABLO CASADO
En diciembre de 2021, Mañueco decidió anticipar las elecciones autonómicas para apuntalar el liderazgo nacional de Pablo Casado. La operación se convirtió en un boomerang político. Casado se hundió durante aquella campaña y el PP obtuvo un resultado inferior al que esperaba, obligando a Mañueco a pactar con Vox.
De ese acuerdo surgieron decisiones controvertidas, como la eliminación de referencias a la Agenda 2030 en la educación ambiental, que marcaron el rumbo de una legislatura tensionada y con escasa capacidad de gestión.
Desde entonces, el presidente ha transitado entre alianzas incómodas, crisis internas y una creciente incapacidad para controlar la agenda parlamentaria. Pese a ello, su figura ha logrado mantenerse en pie, más por inercia institucional y por la falta de alternativas en su propio partido que por un liderazgo firme.
Ahora, con una investigación en marcha, con un Gobierno debilitado y con una oposición envalentonada, Mañueco encara 2026 con un desgaste acumulado que la Junta no logra revertir. Su perfil, construido durante décadas sobre la idea de estabilidad y presencia constante, se enfrenta a una etapa en la que ambas cosas parecen haber perdido peso político.





