La dirección de RTVE ha desatado una tormenta interna tras filtrarse que los guiones del especial de Nochevieja han sufrido una cirugía mayor para evitar cualquier mención incómoda a la trama de corrupción que asedia al Gobierno. Lo que debía ser la noche del humor libre se ha convertido en un campo de minas donde prohíben bromas a José Mota sobre Koldo, Abalos y Cerdán, eliminando sketches que ya estaban sobre la mesa de redacción. La decisión no responde a criterios artísticos, sino al pánico real de que el programa más visto del año convierta en meme nacional el talón de Aquiles del Ejecutivo.
La noche de los cuchillos largos en el guion
La tradicional cita con el humor de José Mota en la última noche del año ha dejado de ser un espacio de libertad creativa para convertirse en un quebradero de cabeza en los despachos de la corporación pública. Fuentes internas confirman que este año la revisión de los textos ha sido exhaustiva, llegando al punto de vetar bloques enteros que parodiaban la trama Koldo y sus ramificaciones en el Ministerio de Transportes. No se trata de simples sugerencias de estilo, sino de una orden directa para evitar que la audiencia masiva de la Nochevieja asocie, entre risas y uvas, la imagen del Gobierno con la corrupción sistémica.
El ambiente en los estudios es de una tensión palpable, pues el equipo de guionistas se ha encontrado con líneas rojas que antes eran impensables en un formato basado en la caricatura de la actualidad. Resulta evidente que el miedo a la viralidad de un sketch ha pesado más que el respeto a la inteligencia del espectador, que ya conoce los hechos por la prensa. Esta maniobra de «limpieza» preventiva busca anestesiar el escándalo en el momento de mayor consumo televisivo, asumiendo el coste de imagen que supone amordazar al bufón de la corte cuando las cosas se ponen feas.
Koldo, Ábalos y Cerdán: La trinidad intocable
La obsesión por proteger estos tres nombres responde a una estrategia de contención de daños diseñada desde fuera de la propia televisión, con directrices que parecen emanar de intereses puramente partidistas. Durante semanas, se ha instruido a los responsables de contenidos para que cualquier referencia a las mascarillas o a las maletas sea eliminada, alegando que el tema está judicializado y requiere prudencia, una excusa habitual para imponer el silencio. Sin embargo, la realidad es que ridiculizar a Ábalos o a su exasesor Koldo García en prime time humanizaría el escándalo y lo haría digerible y memorable para el gran público.
Lo que realmente preocupa en las altas esferas no es el chiste en sí, sino la capacidad de Mota para fijar en el imaginario colectivo los tics y las contradicciones de los personajes políticos. Saben perfectamente que una imitación exitosa puede ser letal para la reputación de un político, mucho más que cien editoriales de prensa escrita en contra. Al blindar a Santos Cerdán y al entorno del exministro, RTVE renuncia a su función de espejo social y se convierte en un gabinete de crisis que intenta tapar con música de fiesta el ruido de los tribunales.
De Urdaci a la nueva era: La historia se repite
Quien piense que la injerencia política en la televisión pública española es un invento reciente, desconoce la larga tradición de telefonazos que ha conectado Moncloa con Prado del Rey durante décadas. Desde los tiempos de Alfredo Urdaci con el «Ce ce o o» hasta los «Viernes Negros» de la era Rajoy, la tentación de utilizar el ente como escudo político ha sido una constante transversal a todos los colores ideológicos. La diferencia actual radica en la crudeza y la rapidez con la que se ejecutan estos vetos, sin el disimulo institucional que se intentaba mantener en otras épocas más pudorosas.
Lo paradójico es que este Gobierno llegó con la promesa de despolitizar la corporación y devolver la pluralidad, un compromiso que se desvanece cada vez que la realidad política aprieta las tuercas. Es innegable que la fragilidad parlamentaria agudiza el control sobre los medios públicos, transformando la parrilla en una trinchera donde no cabe la disidencia ni siquiera en formato de humor. La historia de RTVE es cíclica y demuestra que, cuando el poder se siente débil, lo primero que pierde es el sentido del humor y la capacidad de encajar la crítica.
El humor como termómetro democrático
La prohibición de reírse de los poderosos es el síntoma más claro de que una democracia está perdiendo frescura y entrando en una fase de rigidez institucional preocupante. El humorista actúa como una válvula de escape social, y cuando se le impide señalar al rey desnudo —o en este caso, al asesor corrupto—, se rompe el pacto de confianza con el ciudadano. José Mota ha sabido siempre navegar estas aguas, pero obligarle a ignorar el elefante en la habitación le coloca en una posición comprometida frente a su público, que espera ver reflejada la realidad del año que termina.
Un país que no puede reírse de sus miserias en la cena de Nochevieja es un país que está ocultando la basura bajo la alfombra por decreto ley. Lo triste es que esta censura blanda suele ser contraproducente, generando el efecto Streisand: ahora todo el mundo hablará del sketch que no se emitió. En lugar de desactivar el problema, la prohibición lo eleva a categoría de noticia, demostrando que en los despachos de la pública falta cintura y sobra miedo a molestar al jefe.
Doble vara de medir en la parrilla
Resulta especialmente sangrante comparar el trato que reciben ciertos temas en los programas de entretenimiento externalizados frente al control férreo que se ejerce sobre los formatos clásicos de la casa. Mientras en otros espacios de la cadena se presume de transgresión y modernidad con fichajes millonarios, se aplica una moral victoriana y selectiva cuando toca hablar de la corrupción del partido en el gobierno. Esta doble velocidad editorial pone de manifiesto que la libertad de expresión en la pública tiene un precio y, sobre todo, un sesgo de dirección muy marcado.
La audiencia no es tonta y percibe cuándo un programa fluye con naturalidad y cuándo ha sido sometido a una lobotomía selectiva para no herir sensibilidades políticas. Al final, el espectador cambiará de canal o buscará el humor sin filtros en las redes sociales, donde la sátira no entiende de mordazas ni de instrucciones de partido. La televisión pública pierde relevancia cada vez que elige proteger a un político antes que respetar a su audiencia, y este veto a las bromas sobre Koldo es el último clavo en el ataúd de su credibilidad.






