Aragón tiene esa capacidad casi mágica de obligarte a viajar en el tiempo sin previo aviso. Basta con adentrarse en el norte de la comunidad, dejar que el cierzo empuje las nubes sobre los campos secos y las lomas de piedra, para entender que aquí la historia no es un decorado, sino una presencia constante que se cuela en el paisaje y en la forma de mirar.
En Aragón, especialmente en la comarca de las Cinco Villas, el pasado medieval no se explica, se siente. Uncastillo es uno de esos lugares donde cada calle empinada y cada sombra proyectada sobre la roca parecen hablar de un mundo extremo, intenso y profundamente simbólico, muy cercano a esa visión que Johan Huizinga describió como una vida atrapada entre la devoción y el pecado, el éxtasis y la culpa.
1Aragón y Uncastillo, un pueblo esculpido por la Edad Media
Desde la carretera, Uncastillo se presenta como una masa compacta de piedra adherida a la Peña de Ayllón, coronada por los restos de un castillo que aún impone respeto. En Aragón, pocos pueblos conservan una imagen tan rotunda del urbanismo defensivo medieval, con tejados que se solapan como escamas y calles que suben y bajan sin obedecer a ninguna lógica moderna.
Ese trazado irregular no es casual, es más, fue pensado para proteger, no para agradar. Pasear hoy por Uncastillo es aceptar ese pulso antiguo, entender que el pueblo fue diseñado para resistir y vigilar. Declarado Conjunto Histórico Artístico en 1966, conserva una judería laberíntica, restos de sinagoga y hasta seis iglesias románicas, un patrimonio que habla del peso que tuvo este enclave dentro de Aragón durante siglos.






