Aragón tiene esa capacidad casi mágica de obligarte a viajar en el tiempo sin previo aviso. Basta con adentrarse en el norte de la comunidad, dejar que el cierzo empuje las nubes sobre los campos secos y las lomas de piedra, para entender que aquí la historia no es un decorado, sino una presencia constante que se cuela en el paisaje y en la forma de mirar.
En Aragón, especialmente en la comarca de las Cinco Villas, el pasado medieval no se explica, se siente. Uncastillo es uno de esos lugares donde cada calle empinada y cada sombra proyectada sobre la roca parecen hablar de un mundo extremo, intenso y profundamente simbólico, muy cercano a esa visión que Johan Huizinga describió como una vida atrapada entre la devoción y el pecado, el éxtasis y la culpa.
2Santa María, la iglesia que muestra el pecado sin pudor
Pero si hay un motivo que justifica el viaje, ese es la iglesia de Santa María. En Aragón, el románico suele ser sobrio y simbólico, pero aquí alcanza una expresividad casi desbordante. Esta antigua colegiata no impresiona por su tamaño, sino por la intensidad de su portada meridional, atribuida al Maestro de Olorón, donde la piedra se convierte en un relato sin filtros.
Músicos, acróbatas, saltimbanquis, monstruos, sirenas, campesinos, mercaderes y figuras grotescas se mezclan en un desfile que retrata la vida medieval sin edulcorantes. Aparecen bebedores, bailarinas, avaros y escenas de clara carga sexual, como ese hombre tocando los senos de una mujer, una imagen que hoy sorprende, pero que en su contexto cumplía una función pedagógica muy clara dentro del imaginario religioso de Aragón.






