Aragón tiene esa capacidad casi mágica de obligarte a viajar en el tiempo sin previo aviso. Basta con adentrarse en el norte de la comunidad, dejar que el cierzo empuje las nubes sobre los campos secos y las lomas de piedra, para entender que aquí la historia no es un decorado, sino una presencia constante que se cuela en el paisaje y en la forma de mirar.
En Aragón, especialmente en la comarca de las Cinco Villas, el pasado medieval no se explica, se siente. Uncastillo es uno de esos lugares donde cada calle empinada y cada sombra proyectada sobre la roca parecen hablar de un mundo extremo, intenso y profundamente simbólico, muy cercano a esa visión que Johan Huizinga describió como una vida atrapada entre la devoción y el pecado, el éxtasis y la culpa.
3La lujuria y el simbolismo tallado en piedra
Uno de los detalles más comentados de Santa María está en los canecillos del ábside, donde una mujer cabalga sobre un hombre mientras una serpiente le susurra al oído. Para muchos historiadores, es una representación directa de la lujuria, uno de los pecados capitales, mostrada sin ambigüedades en un templo cristiano de Aragón.
En la Edad Media no existía la separación tajante entre lo sagrado y lo profano que aplicamos hoy. La iglesia era un libro de piedra que debía enseñar el mundo completo, con sus virtudes y sus miserias. Lo divino ocupaba los lugares elevados; lo pecaminoso se relegaba a los márgenes, pero nunca se ocultaba. Santa María de Uncastillo es, en ese sentido, una síntesis perfecta del espíritu medieval tardío, esa tensión constante entre el bien y el mal que Huizinga definió como una mezcla de euforia carnavalesca y llanto desesperado.






