El pan forma parte de nuestra vida diaria de una manera tan natural que pocas veces nos detenemos a pensar en cómo influye realmente en nuestro bienestar. Está presente en el desayuno, acompaña muchas comidas y resuelve cenas improvisadas, pero también es uno de los alimentos que más dudas genera cuando hablamos de digestiones pesadas, inflamación o picos de azúcar en sangre.
En los últimos años, el debate ya no gira solo en torno a si el pan engorda o no, sino a qué tipo elegir y cómo consumirlo para que siente mejor. Entre harinas integrales, semillas, masa madre y fermentaciones largas, la oferta es cada vez más amplia. Aun así, hay un gesto sencillo, casi doméstico, que puede marcar la diferencia y que tiene que ver no tanto con la receta, sino con lo que hacemos con él una vez llega a casa.
1La dificultad de escoger el pan más adecuado
El pan ha pasado de ser un alimento básico y sin complicaciones a convertirse en un producto que exige leer etiquetas y conocer procesos de elaboración. Hoy encontramos distintos tipos, de espelta, centeno o trigo, integrales en distintos porcentajes y con fermentaciones que prometen ser más respetuosas con la digestión, lo que no siempre facilita la elección.
Aunque está bastante extendida la idea de que un pan de masa madre y fermentación lenta suele sentar mejor, no todas las personas reaccionan igual. Hay quienes siguen notando hinchazón o gases incluso cuando eligen opciones consideradas saludables, lo que ha llevado a los expertos a fijarse también en otros factores que influyen en cómo el cuerpo procesa el pan.






