El pan forma parte de nuestra vida diaria de una manera tan natural que pocas veces nos detenemos a pensar en cómo influye realmente en nuestro bienestar. Está presente en el desayuno, acompaña muchas comidas y resuelve cenas improvisadas, pero también es uno de los alimentos que más dudas genera cuando hablamos de digestiones pesadas, inflamación o picos de azúcar en sangre.
En los últimos años, el debate ya no gira solo en torno a si el pan engorda o no, sino a qué tipo elegir y cómo consumirlo para que siente mejor. Entre harinas integrales, semillas, masa madre y fermentaciones largas, la oferta es cada vez más amplia. Aun así, hay un gesto sencillo, casi doméstico, que puede marcar la diferencia y que tiene que ver no tanto con la receta, sino con lo que hacemos con él una vez llega a casa.
2Un hábito con más beneficios de los que parece
En muchos hogares, se usa la opción de congelar el pan, y se hace simplemente como una forma práctica de conservarlo durante más tiempo y evitar que se estropee. Guardarlo ya cortado en rebanadas permite consumir solo la cantidad necesaria cada día, manteniendo el resto en buen estado y reduciendo el desperdicio alimentario, algo cada vez más valorado.
Sin embargo, este hábito cotidiano tiene un efecto que va más allá de la organización de la cocina. La nutricionista Sara Marín explica que congelar el pan y calentarlo después en la tostadora o en la sartén provoca un cambio en su composición, haciendo que una parte importante de sus carbohidratos se transforme en fibra prebiótica, un detalle que puede marcar la diferencia a nivel digestivo.






