Las Islas Cíes son el Caribe: The Guardian las nombró la mejor playa del mundo y tú sigues yendo a Benidorm

Mientras medio país se pelea por un metro cuadrado de arena en el Levante, un archipiélago gallego ofrece el paraíso restringido que The Guardian coronó como el mejor del planeta. Olvida la pulsera de "todo incluido": aquí el lujo es el silencio y la naturaleza salvaje.

Es probable que, al pensar en playas de arena blanca y aguas cristalinas, tu mente vuele automáticamente hacia Punta Cana o las Maldivas, Islas Cíes, ignorando lo que tenemos en casa. Esconden una realidad que descoloca a cualquier viajero: un ecosistema virgen a tiro de piedra de Vigo que mira a los ojos al Caribe sin complejos. Lo curioso es que, teniendo esta joya atlántica tan cerca, miles de españoles siguen prefiriendo el ladrillo y la sombrilla ajena pegada a la oreja.

La primera vez que pisas la playa de Rodas, entiendes de golpe por qué la prensa británica perdió la cabeza por este lugar hace casi dos décadas. No es solo la estética de postal; es que la sensación de aislamiento es real y tangible, algo casi extinto en la costa peninsular. Aquí no hay chiringuitos con música a todo volumen ni vendedores ambulantes, solo el sonido del océano rompiendo contra un paraje que ha sabido blindarse contra nuestra propia voracidad turística.

Islas Cíes: El día que los británicos nos descubrieron América en Galicia

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Fue en 2007 cuando el diario The Guardian soltó la bomba informativa que cambió para siempre el destino de este archipiélago, situando a la playa de Rodas por encima de cualquier cala tropical. Aquel reconocimiento no fue un regalo, sino la constatación de que el Atlántico guarda secretos imbatibles cuando se le respeta su carácter indómito. La arena aquí no quema, es fina polvo de cuarzo, y el agua tiene esa tonalidad esmeralda que parece retocada con Photoshop hasta que metes el pie y el frío te recuerda dónde estás.

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Lo fascinante es cómo este «Caribe gallego» mantiene su estatus legendario sin necesidad de grandes campañas de marketing, sobreviviendo al hype gracias a su propia belleza cruda. Aunque la etiqueta de «la mejor playa del mundo» pueda sonar subjetiva, lo cierto es que pocos lugares resisten tan bien el paso del tiempo y la presión de la fama. Al desembarcar, la imagen del lago de los Niños y el puente de arena que une las islas Monteagudo y del Faro te golpea con una belleza que justifica cada euro del billete de barco.

La exclusividad no se paga, se tramita

A diferencia de Benidorm o Torremolinos, donde el único límite es el espacio físico entre toallas, entrar en este Parque Nacional requiere pasar un filtro burocrático que garantiza su supervivencia. La Xunta de Galicia impuso un cupo diario estricto —actualmente unas 1.800 personas en temporada alta— que convierte la visita a las Islas Cíes en un privilegio, no en un derecho adquirido por llegar pronto. Tienes que solicitar un permiso gratuito en la web oficial antes de siquiera pensar en comprar el pasaje de la naviera, un sistema que, aunque tedioso, es la salvación del entorno.

Esta barrera de entrada ha transformado la experiencia turística en algo mucho más civilizado y respirable, lejos de las aglomeraciones asfixiantes de agosto en el Mediterráneo. Saber que no tendrás que pelear por un hueco en la orilla cambia por completo tu estado mental al llegar. Es un modelo de gestión que prioriza la conservación sobre la facturación masiva, recordándonos que los espacios naturales de primer nivel no pueden ser un buffet libre para el turismo depredador.

Senderismo entre faros: sudar tiene premio

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Muchos cometen el error de novato de quedarse «tostándose» en Rodas, ignorando que el verdadero espíritu de las islas se encuentra subiendo, y no tumbado. La ruta hacia el Monte Faro es una peregrinación obligatoria para quien quiera entender la magnitud del paisaje, con un ascenso en zigzag que pone a prueba las piernas pero regala una panorámica brutal de la ría de Vigo. Al llegar arriba, con el viento golpeándote la cara y los acantilados verticales bajo tus pies, la perspectiva del océano te hace sentir minúsculo y libre.

No hace falta ser un atleta de élite, pero sí tener la curiosidad suficiente para explorar más allá de la primera línea de playa. Hay otros caminos, como el del Alto del Príncipe, que son más amables y ofrecen miradores naturales donde la única compañía suelen ser las omnipresentes gaviotas patiamarillas, las verdaderas dueñas del archipiélago. Caminar por estos senderos entre pinos y matorral bajo es descubrir que el lujo es respirar aire puro sin tubos de escape cerca.

Manual de supervivencia para el paraíso frío

Hay que venir con la lección aprendida: esto no es un resort y la naturaleza aquí no está domesticada para tu comodidad. El agua está helada —y cuando digo helada, me refiero a cortar la respiración—, no hay papeleras porque tu basura regresa contigo al continente y el único alojamiento es un camping que se reserva con meses de antelación. Olvídate de los hoteles de hormigón a pie de playa; aquí duermes bajo la lona o te vuelves en el último barco del día.

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Esta falta de «comodidades» urbanas es precisamente lo que filtra al visitante y mantiene la esencia salvaje del lugar. Si buscas fiesta, cócteles con sombrillita y calor sofocante por la noche, definitivamente te has equivocado de latitud. Las Islas Cíes son para quienes aceptan las reglas del juego del Atlántico: respeto absoluto, mochila al hombro y la humildad de saberse un invitado temporal en un santuario que, afortunadamente, sigue siendo indomable.

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