En Galicia abundan los lugares donde la historia se percibe más que se explica, donde basta con caminar despacio para notar que el pasado sigue muy presente. Entre ríos, piedra antigua y leyendas que se transmiten casi en voz baja, hay pueblos que guardan enigmas singulares, de esos que despiertan la curiosidad sin necesidad de grandes titulares.
Uno de ellos es Pontedeume, una villa medieval situada en las Rías Altas, en la desembocadura del río Eume. Fundado a finales del siglo XIII por Alfonso X el Sabio, este pueblo no solo destaca por su casco histórico bien conservado o por ser la puerta de entrada a las Fragas do Eume, sino también por un detalle que se repite una y otra vez en su historia, y es el número siete, presente en construcciones, relatos y símbolos que siguen intrigando a vecinos y visitantes.
2Plazas, edificios y la vida cotidiana del pueblo de Galicia
Más allá del simbolismo, Pontedeume es también un pueblo vivido, con plazas que siguen siendo punto de encuentro. La plaza del Conde, donde se encuentra el Mercado de Abastos junto a una fuente del siglo XVIII, refleja esa mezcla tan gallega entre pasado y presente. Muy cerca, la Plaza Real invita a detenerse, sentarse en una terraza y observar el concello, testigo silencioso de siglos de historia local.
El paseo urbano continúa entre edificios que hablan de distintas épocas, como el Pazo del arzobispo Rajoy, el Convento de San Agustín, la iglesia de las Virtudes o la antigua Cátedra de Latinidad, convertida en Biblioteca Municipal. Pontedeume no necesita exagerar su legado, pues lo muestra con naturalidad, integrado en la vida diaria de sus vecinos.






