Francia es mucho más que postales elegantes y grandes capitales culturales, también es un país que guarda su esencia en territorios discretos donde la historia se bebe a sorbos lentos. Francia sorprende en el sur con un rincón poco dado al ruido, donde las tradiciones no se exhiben, se practican, y donde uno de los aguardientes más antiguos del mundo sigue marcando el ritmo de la vida cotidiana sin necesidad de compararse con nadie.
Francia mira a menudo al coñac como su destilado estrella, pero en el corazón de la Gascuña hay quien pronuncia otra palabra con orgullo casi reverencial: Armagnac. Aquí no es una bebida, es una herencia. En el departamento de Gers, entre colinas suaves, viñedos y pueblos de piedra, este aguardiente forma parte de la identidad colectiva desde hace siglos, tanto que su historia se confunde con la del propio territorio.
1El origen del aguardiente más antiguo de Francia
Francia conserva en el Gers uno de sus grandes tesoros líquidos. La primera referencia escrita del armagnac data de 1411, aunque ya en 1310 un erudito prior de Eauze hablaba de un “aygue ardente” con fines medicinales, una descripción que hoy se considera el antecedente directo de este destilado. No es casual que se le reconozca como el aguardiente más antiguo de Francia, un título que los gascones llevan con orgullo silencioso.
A diferencia de otros licores que buscaron pronto la fama internacional, el armagnac creció despacio, ligado a la tierra y a sus gentes. En cada celebración, en cada sobremesa importante, la botella aparece como un gesto casi ritual. Francia se explica también desde estos hábitos que no entienden de modas, solo de continuidad.






