Francia es mucho más que postales elegantes y grandes capitales culturales, también es un país que guarda su esencia en territorios discretos donde la historia se bebe a sorbos lentos. Francia sorprende en el sur con un rincón poco dado al ruido, donde las tradiciones no se exhiben, se practican, y donde uno de los aguardientes más antiguos del mundo sigue marcando el ritmo de la vida cotidiana sin necesidad de compararse con nadie.
Francia mira a menudo al coñac como su destilado estrella, pero en el corazón de la Gascuña hay quien pronuncia otra palabra con orgullo casi reverencial: Armagnac. Aquí no es una bebida, es una herencia. En el departamento de Gers, entre colinas suaves, viñedos y pueblos de piedra, este aguardiente forma parte de la identidad colectiva desde hace siglos, tanto que su historia se confunde con la del propio territorio.
3Tradición, técnica y una historia eclipsada
Francia también es un país de comparaciones inevitables, y es por eso que el armagnac ha vivido siempre bajo la sombra del coñac, más conocido y mejor posicionado históricamente. La razón no fue la calidad, sino la geografía. Cognac tenía una conexión directa con Burdeos, desde donde partían los vinos hacia los mercados británicos y holandeses, mientras que trasladar el armagnac desde el interior resultaba mucho más complicado.
No fue hasta el siglo XIX, con la construcción de canales y la llegada de alambiques portátiles, cuando el armagnac empezó a abrirse al exterior. Surgieron entonces grandes casas productoras y una nueva etapa de expansión. Hoy, Francia recupera ese legado con alojamientos como Le Chais, antigua mansión reconvertida en hotel, donde todo invita a disfrutar sin prisas, igual que un buen armagnac.






