La tasa sorpresa que te cobrarán al entrar en esta ciudad española: Prepara la cartera o no pasas.

La polémica medida para cerrar la Plaza de España de Sevilla a los no residentes se suma a la ola de tributos que transformarán nuestra forma de viajar este 2026. Lo que antes era un paseo dominical, ahora exige pasar por caja en un escenario donde el turismo gratuito empieza a ser una reliquia del pasado.

El debate está servido en las calles hispalenses, donde la indignación de unos se mezcla con la resignación por las tasa, ante la masificación insostenible que sufren los iconos de la ciudad. Lo cierto es que el modelo de turismo de masas ha colapsado y las administraciones han decidido que la única forma de frenar la marea humana es poniendo un precio a lo que siempre fue patrimonio común.

Recuerdo perfectamente la primera vez que pisé el Parque de María Luisa, con esa sensación de libertad absoluta que te regalaba Sevilla sin pedirte nada a cambio, salvo que disfrutaras de su luz. Hoy, sin embargo, la realidad es que esa gratuidad tiene los días contados para quienes venimos de fuera, transformando la experiencia del viajero en una sucesión de barreras de pago.

tasa: ¿Se puede poner puertas al campo (o a una plaza)?

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La propuesta del alcalde José Luis Sanz de cerrar el conjunto monumental de la Plaza de España y cobrar una entrada a los turistas ha sido la gota que ha colmado el vaso de la paciencia ciudadana y mediática. Resulta paradójico comprobar cómo un espacio diseñado para abrazar a Iberoamérica se prepara ahora para levantar muros invisibles —y burocráticos— que discriminen entre el vecino empadronado y el visitante foráneo.

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La justificación oficial se ampara en la necesidad imperiosa de financiar la conservación de un monumento castigado por el vandalismo y el uso intensivo de millones de personas al año, un argumento que, aunque lógico, esconde una verdad incómoda sobre la gestión pública.

Santiago de Compostela: el peregrino ya paga

Si miramos hacia el norte, vemos que Sevilla no está sola en esta cruzada recaudatoria, pues la capital gallega ya ha estrenado su propia fiscalidad turística tras años de tiras y afloja con el sector hotelero y la Xunta. Desde hace unos meses, es evidente que el misticismo del Camino tiene un precio extra que los hosteleros deben cobrar a cada viajero que pernocta en la ciudad del Apóstol, rompiendo esa vieja tradición de hospitalidad incondicional.

Lo curioso del caso compostelano es que la medida ha sido vendida como una herramienta para el «turismo consciente», un eufemismo moderno para decir que si quieres disfrutar de la zona vieja, tienes que contribuir a su limpieza y mantenimiento. La realidad a pie de calle es que los visitantes asumen el coste sin rechistar, acostumbrados ya a que en Europa se pague por respirar, pero los vecinos siguen dudando de que ese dinero repercuta realmente en su calidad de vida.

Donostia 2026: a la caza del excursionista

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La vuelta de tuerca definitiva llega este año desde San Sebastián, donde las autoridades han decidido ir un paso más allá y poner el foco no solo en quien duerme, sino en quien simplemente pasa el día y se va. Se comenta en los mentideros políticos que el objetivo real es el visitante francés de fin de semana que cruza la frontera, colapsa los aparcamientos, come un pintxo y no deja apenas retorno económico en la ciudad.

La capital guipuzcoana, que ya de por sí exige un esfuerzo económico considerable para el visitante medio, se blinda así contra la saturación con un modelo que podría exportarse rápidamente a otras ciudades saturadas como Toledo o Segovia. Lo preocupante es que esta tendencia crea ciudades de dos velocidades, donde el centro histórico se convierte en un parque temático de pago accesible solo para quienes pueden permitirse el «pack completo».

El fin de la ciudad abierta

Estamos asistiendo, casi sin darnos cuenta, a la muerte silenciosa de la ciudad como espacio de convivencia libre y gratuita para el forastero, sustituida por un modelo de negocio donde cada foto y cada paso tienen un coste asociado. No nos engañemos pensando que esto es solo una cuestión de sostenibilidad o ecología; la verdad es que hemos descubierto la gallina de los huevos de oro y ningún ayuntamiento quiere ser el último en exprimirla mientras dure la fiesta.

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Lo triste de todo este asunto no es tener que rascarse el bolsillo, que al final es lo de menos, sino la pérdida de esa espontaneidad que hacía de España un destino diferente, cercano y accesible. A medida que avanzamos en este 2026, queda claro que viajar se está convirtiendo en un artículo de lujo, y aquel placer sencillo de entrar en una ciudad y perderse en sus plazas sin rendir cuentas a nadie es, hoy por hoy, una especie en peligro de extinción.

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