Junts per Catalunya ha sacudido el tablero cultural catalán con un plan para «descolonizar» los museos de la comunidad, una propuesta que ha levantado ampollas y cejas a partes iguales. Esta iniciativa, que busca revisar las colecciones bajo una nueva lente histórica, pone en el punto de mira piezas icónicas y abre un debate que va más allá del arte. No se trata solo de devolver objetos, sino de reescribir el relato que cuentan nuestros museos.
La revisión del pasado colonial no es un capricho pasajero, sino una tendencia global que ahora aterriza en Cataluña con fuerza política.
Junts propone una auditoría a fondo de los museos catalanes para identificar y «descolonizar» obras con un pasado turbio. La medida, que promete polémica, se inspira en movimientos internacionales de restitución y revisión histórica.
La propuesta ha caído como una bomba en el tranquilo mundo de los museos catalanes, habituados a debates más estéticos que políticos. La idea de revisar las colecciones bajo el prisma de la «descolonización» ha generado una mezcla de desconcierto y preocupación entre conservadores, historiadores y el público en general. ¿Qué significa exactamente descolonizar un museo en el contexto catalán del siglo XXI?
La iniciativa de Junts no es un caso aislado, sino que se enmarca en una corriente global que cuestiona cómo se formaron las grandes colecciones de arte occidentales. Desde el Museo Británico hasta el Louvre, las instituciones culturales de todo el mundo se enfrentan a la presión de revisar su pasado y, en algunos casos, devolver obras expoliadas. Cataluña, con esta propuesta, se suma a un debate complejo y lleno de aristas que promete dar mucho que hablar en los próximos meses.
¿Qué es la «descolonización» museística?
La descolonización de los museos no es simplemente devolver unas cuantas máscaras africanas a sus países de origen. Se trata de un proceso mucho más profundo que implica cuestionar las narrativas hegemónicas que han dominado las exposiciones durante siglos. Implica reconocer que muchas colecciones se formaron en contextos de desigualdad de poder, expolio y violencia, y que los museos, a menudo, han perpetuado una visión eurocéntrica de la historia.
Este enfoque busca dar voz a las comunidades de origen, recontextualizar las obras y, en última instancia, reparar injusticias históricas a través de la cultura. No se trata de borrar la historia, sino de contarla de una manera más completa y veraz, incluyendo las perspectivas de aquellos que fueron silenciados o marginados. Es un ejercicio de honestidad intelectual que puede resultar incómodo, pero que muchos consideran necesario para construir una sociedad más justa e inclusiva.
El plan de Junts: Más allá de las palabras
El plan presentado por Junts per Catalunya no se queda en una declaración de intenciones, sino que propone medidas concretas y ambiciosas. Se habla de crear una comisión de expertos para auditar las colecciones, establecer protocolos claros de restitución y fomentar la colaboración con los países de origen de las obras. También se plantea la necesidad de modificar los discursos museográficos para reflejar esta nueva sensibilidad descolonial.
Esta hoja de ruta, sin embargo, no está exenta de desafíos prácticos y legales. Determinar la procedencia exacta de muchas obras puede ser una tarea detectivesca casi imposible, y los procesos de restitución suelen ser largos y complejos, plagados de obstáculos burocráticos y diplomáticos. Además, surge la pregunta de qué pasará con las obras que, por diversas razones, no puedan ser devueltas, y cómo se integrarán en el nuevo relato museístico.
Obras en el punto de mira
Aunque el plan no señala obras específicas, es fácil imaginar qué tipo de piezas podrían estar en el centro de la polémica. Pensemos en objetos traídos de América, África o Asia durante los siglos de expansión colonial europea, cuyas circunstancias de adquisición son, cuanto menos, dudosas. No se trata solo de grandes tesoros arqueológicos, sino también de objetos etnográficos, arte sacro y piezas de la vida cotidiana que cuentan historias de conquista y dominación.
El Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) o el Museu Etnològic i de Cultures del Món podrían ser algunos de los escenarios principales de esta revisión. La mera posibilidad de que algunas de sus piezas más emblemáticas puedan ser cuestionadas ha encendido las alarmas en el sector cultural, que teme un vaciado de las colecciones y una pérdida de patrimonio. El debate sobre qué es expolio y qué es adquisición legítima promete ser intenso y apasionado.
El debate internacional: No solo pasa en Cataluña
Cataluña no está inventando la rueda con esta propuesta; de hecho, llega relativamente tarde a un debate que lleva años sacudiendo el mundo del arte internacional. Países como Francia, Alemania y Bélgica han iniciado procesos de restitución de obras a sus antiguas colonias, y grandes museos como el Humboldt Forum de Berlín han sido diseñados desde cero con una perspectiva descolonial. El caso de los bronces de Benín, devueltos por varias instituciones europeas a Nigeria, es paradigmático de este cambio de paradigma.
Sin embargo, el camino no es fácil y las resistencias son muchas. El Museo Británico, por ejemplo, sigue negándose a devolver los mármoles del Partenón a Grecia, amparándose en leyes que impiden la disgregación de sus colecciones. Este tira y afloja entre la voluntad de reparación y la defensa del patrimonio propio es el núcleo del debate global en el que ahora se adentra Cataluña, con todas sus complejidades y contradicciones.
¿Justicia histórica o revisionismo político?
La propuesta de Junts ha dividido a la opinión pública y a los expertos. Para unos, es un acto de justicia histórica inaplazable, una oportunidad para que Cataluña se alinee con las corrientes más progresistas del pensamiento cultural. Para otros, se trata de un ejercicio de revisionismo político peligroso, que juzga el pasado con los ojos del presente y utiliza la cultura como arma arrojadiza. Los críticos temen que la descolonización se convierta en una purga ideológica que empobrezca los museos y simplifique la historia.
Más allá de las posturas enfrentadas, lo cierto es que el debate está servido y es probable que marque la agenda cultural catalana en los próximos tiempos. La pregunta de fondo es qué tipo de museos queremos para el futuro: si espacios que celebren acríticamente el pasado o instituciones vivas que dialoguen con el presente y se cuestionen a sí mismas. La respuesta, como casi siempre en estos casos, no será sencilla ni complacerá a todos.






