Valencia guarda en su mapa pequeños municipios que no hacen ruido, pero que sostienen una identidad cultural tan sólida que hoy se atreven a mirar a Europa de frente. Lejos de los grandes focos urbanos, hay pueblos que han entendido que su historia, sus oficios y su manera de vivir también son cultura, y que esa herencia merece ser contada con orgullo y sin complejos.
En ese contexto, Valencia asiste a una candidatura poco habitual que rompe esquemas y plantea un cambio de mirada. Un pueblo pequeño, de apenas un millar de vecinos, se propone demostrar que la cultura no depende del tamaño, sino de la profundidad del legado. Cerámica, agua y arte no son aquí conceptos abstractos, sino una forma de vida que ha atravesado siglos y que ahora quiere convertirse en bandera europea.
2La cerámica como identidad viva de Potries
El nombre de Potries ya habla de barro, de fuego y de manos que moldean. Derivado del término latino podium, el pueblo se especializó durante siglos en la alfarería, una tradición que sigue latiendo con fuerza y que en Valencia tiene aquí uno de sus corazones más auténticos. El Museu Cassoleria d’Àngel Domínguez es el epicentro de ese legado, instalado en una antigua casa-taller del siglo XVIII que conserva tornos, hornos y balsas de decantación originales.
La singularidad de la cerámica de Potries está en su tierra blanca, rica en sílice y extraída de canteras locales, que confiere a las piezas una resistencia excepcional, ideal para la cocina tradicional valenciana. El último horno moruno de doble cámara aún operativo se conserva en el museo, recordando que durante generaciones fueron las mujeres quienes se encargaron del vidriado y la venta, sosteniendo una economía doméstica que también es parte esencial de la historia de Valencia.






