Valencia guarda en su mapa pequeños municipios que no hacen ruido, pero que sostienen una identidad cultural tan sólida que hoy se atreven a mirar a Europa de frente. Lejos de los grandes focos urbanos, hay pueblos que han entendido que su historia, sus oficios y su manera de vivir también son cultura, y que esa herencia merece ser contada con orgullo y sin complejos.
En ese contexto, Valencia asiste a una candidatura poco habitual que rompe esquemas y plantea un cambio de mirada. Un pueblo pequeño, de apenas un millar de vecinos, se propone demostrar que la cultura no depende del tamaño, sino de la profundidad del legado. Cerámica, agua y arte no son aquí conceptos abstractos, sino una forma de vida que ha atravesado siglos y que ahora quiere convertirse en bandera europea.
3El agua, el paisaje y la vida comunitaria
Hablar de Potries es hablar del agua, uno de los sistemas hidráulicos más sofisticados del Mediterráneo y una joya patrimonial dentro de Valencia. El municipio actúa como auténtico relojero del caudal del río Serpis, gracias a infraestructuras del siglo XV como el Partidor de la Casa Fosca, diseñado para garantizar un reparto justo y protegido del agua, incluso en tiempos de crecida.
Este entramado hidráulico se integra en un paisaje agrícola de naranjos, caminos históricos y piedra seca que hoy se recorre a pie o en bicicleta por la Vía Verde del Serpis. A ello se suman fiestas como el Porrat de San Blai, de origen medieval, donde tradición, gastronomía y arte contemporáneo se mezclan en un mismo espacio. En Valencia, Potries demuestra que la cultura no solo se conserva, también se vive, se comparte y se proyecta hacia el futuro con la misma naturalidad con la que el agua sigue su curso.






