Es el futuro: Ministerios como consejos de administración

El "mercado de fichajes" llega a la política: tras el caso de Mark Carney, los gobiernos priorizan el talento tecnócrata sobre la nacionalidad. Analizamos si estamos ante el fin de la soberanía tradicional y el inicio de la era de los "políticos gestores" globales

La noticia ha caído como una bomba en las cancillerías europeas, aunque en la City de Londres ya se veía venir entre brindis discretos. No estamos hablando de simples asesores en la sombra, sino de una nueva casta de «políticos-gestores» que saltan de dirigir el Banco de Inglaterra a liderar el G7 canadiense con la misma naturalidad con la que un CEO cambia de multinacional. El concepto de soberanía nacional se diluye cuando la prioridad es salvar los muebles económicos ante una crisis que no entiende de fronteras.

Lo que El Mundo destapaba este fin de semana no es una anécdota, es el síntoma de un cambio de paradigma brutal: los Estados han empezado a competir por el talento gestor igual que lo hace Google o Apple. La pregunta que flota en el aire es incómoda pero necesaria: ¿estamos dispuestos a que nos gobiernen los «mejores», aunque su lealtad original esté en otro código postal? La eficiencia tecnocrática le está ganando el pulso al romanticismo patriótico a una velocidad que da vértigo.

De Threadneedle Street a Ottawa: El fichaje que rompió la baraja

Mark Carney no es un político al uso, es el primer «Galáctico» de la administración pública moderna. Su trayectoria, pasando de gobernador del Banco de Canadá a gobernador del Banco de Inglaterra (siendo el primer extranjero en tres siglos en dirigir la «Vieja Dama» de Threadneedle Street) y vuelta a Canadá para la arena política, marca un antes y un después. Su fichaje por el gobierno británico como asesor estrella de Starmer fue el preludio de lo que muchos llaman ya la «diplomacia del talento», donde el pasaporte importa menos que el currículum.

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Lo fascinante es que nadie se rasga las vestiduras por su nacionalidad, sino que se pelean por su agenda de contactos y su capacidad de anticipación. En un mundo donde los mercados financieros pueden tumbar un gobierno en una tarde (que se lo digan a Liz Truss), tener a alguien que susurra a los oídos de Wall Street vale su peso en oro. La política se ha vuelto tan técnica que los votantes empiezan a preferir a un «cirujano» extranjero que opere bien antes que a un familiar simpático que no sabe coger el bisturí.

El «Efecto Draghi»: Cuando el CV pesa más que la bandera

Si Carney es el delantero estrella, Mario Draghi fue el pionero que nos enseñó que un tecnócrata puede tener más poder que un parlamento entero. Su paso por el BCE y posterior aterrizaje como Primer Ministro de Italia (y ahora eterno «consultor» de lujo para la UE) demostró que en tiempos de crisis, la autoridad moral no te la dan las urnas, te la da la hemeroteca de éxitos. Salvar el euro con una frase le otorgó un estatus supranacional que ningún político de carrera ha logrado igualar en las últimas dos décadas.

Este fenómeno crea una paradoja curiosa: los líderes nacionales se vuelven cada vez más irrelevantes frente a estas figuras de consenso global. Ya no importa tanto quién gana las elecciones en Roma o París, sino quién es capaz de descolgar el teléfono y que le respondan en Washington o Pekín al primer tono. La influencia real se ha desplazado de los escaños a los consejos asesores de alto nivel, creando una red de seguridad tecnocrática que opera por encima de las riñas partidistas locales.

Y si alguien piensa que esto es una excentricidad anglosajona, que mire al Cono Sur. El caso de José Luis Daza es el paradigma latino definitivo de esta ‘Uberización’ de la política: un economista nacido en Buenos Aires, criado en Chile y curtido durante 40 años en Wall Street, al que Milei fichó como ‘cerebro’ viceministerial para domar la inflación argentina y que ahora, en un giro de guión digno de Netflix, es tentado para cruzar la cordillera y convertirse en el superministro de un futuro gobierno chileno. ¿Es un patriota o un profesional? La pregunta ofende a la nueva lógica del mercado: para los cazatalentos gubernamentales, Daza no es argentino ni chileno, es un ‘solucionador’ de crisis con pasaporte dual que cotiza al alza, demostrando que en 2026 la única patria que importa es la del déficit cero.

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¿Gobernar o gestionar? Por qué Starmer prefiere a los expertos

El gobierno laborista de Keir Starmer en Reino Unido ha sido el laboratorio perfecto para este experimento, llenando sus filas de cerebros que, sobre el papel, no encajarían en la política tradicional de «pintas en el pub». Al rodearse de figuras como Carney o asesores económicos globales como Mariana Mazzucato, Starmer lanza un mensaje claro: el Reino Unido S.A. necesita un consejo de administración competente, no mítines vacíos. La gestión de la complejidad económica actual requiere perfiles que entiendan de inteligencia artificial y deuda soberana, no solo de besar bebés en campaña.

Esta «profesionalización» extrema busca blindar al país contra los populismos, ofreciendo resultados tangibles (PIB, inflación, empleo) como única ideología. Sin embargo, tiene un reverso oscuro: convierte al ciudadano en cliente y al gobernante en gerente. Si la política se reduce a números, corremos el riesgo de olvidar que gobernar también es gestionar emociones, identidades y miedos que no caben en una hoja de Excel, por muy brillante que sea quien la ha diseñado.

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La trampa de la meritocracia global: ¿Mercenarios de lujo?

Aquí es donde el cuento de hadas de la eficiencia empieza a chirriar para los defensores de la democracia clásica. Si normalizamos que los países «fichen» a sus gestores en el mercado internacional, ¿qué impide que un gobernante trabaje pensando en su próximo puesto en el FMI o en otro gobierno mejor pagado? La lealtad al ciudadano podría verse comprometida si el político actúa como un mercenario de lujo que busca inflar sus estadísticas para mejorar su cotización en el «Transfermarkt» de la geopolítica.

Además, esto crea una brecha insalvable entre la élite cosmopolita, que se mueve por el mundo de cumbre en cumbre, y el votante local que no puede pagar el alquiler. Ver a tu gobierno fichar «cracks» extranjeros mientras los servicios públicos locales colapsan puede generar un resentimiento peligroso. La desconexión con la realidad de la calle es el talón de Aquiles de estos gobiernos de «Dream Team», que pueden ser muy eficientes en la macroeconomía pero desastrosos en la empatía social.

El futuro: Ministerios como consejos de administración

Nos encaminamos hacia un escenario donde los gabinetes ministeriales se parecerán más a la cúpula de una multinacional que a una asamblea de representantes del pueblo. Es probable que veamos pronto «intercambios» de ministros entre países de la UE o asesores compartidos que diseñen la política energética de medio continente a la vez. La soberanía compartida dejará de ser una teoría bonita de la Unión Europea para convertirse en una necesidad operativa ante gigantes como China o las Big Tech.

El caso Carney no es una excepción, es el tráiler de la película que vamos a ver los próximos diez años. La política del futuro inmediato no se jugará entre izquierda y derecha, sino entre competentes e incompetentes, y ahí el pasaporte será irrelevante. Preparémonos para ver más fichajes bomba, porque en la guerra por la supervivencia económica, nadie quiere jugar con el equipo filial.

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