Groenlandia se atrinchera: ¿Quién defiende la isla más grande del mundo de la «anexión» de Trump?

Groenlandia se blinda ante las amenazas de anexión de Trump. Dinamarca despliega drones y fuerzas especiales para proteger la isla, desafiando a su propio aliado de la OTAN. ¿Podrá la Patrulla Sirius frenar a una superpotencia?

El sonido más intimidante en el norte de Groenlandia ya no es el crujido de los glaciares, sino la retórica que llega desde el Despacho Oval. Mientras Donald Trump insiste en que la adquisición de la isla es una «necesidad absoluta» para la seguridad nacional de Estados Unidos, Dinamarca ha respondido sacando la chequera para militarizar un territorio que hasta hace poco se defendía con trineos. La tensión ha escalado de una propuesta inmobiliaria absurda a una crisis diplomática de primer nivel en este inicio de 2026.

Copenhague ha entendido el mensaje: la soberanía ya no se garantiza con papeles firmados, sino con «botas en el hielo». Ante la amenaza explícita de una anexión forzosa bajo el pretexto de frenar a China y Rusia, el gobierno danés ha acelerado una inversión histórica de miles de millones de coronas. La pregunta que flota en el aire helado de Nuuk es inquietante: ¿Puede realmente un pequeño ejército europeo disuadir a la superpotencia que, irónicamente, es su principal aliado en la OTAN?

De la Patrulla Sirius a los «fantasmas» del Ártico

Durante décadas, la primera línea de defensa de Groenlandia ha sido legendaria por su romanticismo, no por su potencia de fuego. La Patrulla Sirius, una unidad de élite compuesta por apenas 12 hombres y sus perros, recorre miles de kilómetros de desierto blanco reafirmando la soberanía danesa. Sin embargo, el romanticismo no detiene a los satélites espía, y Dinamarca lo sabe. Por eso, el nuevo plan de defensa ha transformado esta fuerza simbólica en la base para una vigilancia de alta tecnología.

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El verdadero cambio de juego es la creación de los «Especialistas Árticos», una nueva unidad de fuerzas especiales mucho más letal y móvil. Equipados con drones de largo alcance, motos de nieve de última generación y capacidad para desplegarse en paracaídas desde los nuevos aviones de transporte, estos soldados están entrenados para la «zona gris» del conflicto moderno. Ya no se trata solo de sobrevivir al frío, sino de detectar y neutralizar incursiones antes de que aparezcan en las noticias de la CNN.

Pituffik: El enemigo (y el protector) ya está en casa

La gran ironía de esta crisis es que Estados Unidos no necesita invadir Groenlandia; técnicamente, ya está allí. La Base Espacial de Pituffik (anteriormente Thule) es una fortaleza estadounidense incrustada en el flanco noroeste de la isla. Con sus radares de alerta temprana apuntando a Rusia, esta instalación es el verdadero objeto del deseo de Washington. Para el Pentágono, depender del permiso de Dinamarca para operar su activo más crítico en el Ártico es un riesgo inaceptable en la nueva era de rivalidad global.

Los locales miran con recelo hacia la base, que opera casi como un estado independiente dentro de su territorio. La narrativa de Trump de que Groenlandia es un «coladero» para la influencia china choca con la realidad de que el ejército más poderoso del mundo controla el cielo y el espacio desde su propio suelo. La «anexión» no cambiaría tanto el mapa militar como el político, eliminando al intermediario danés de la ecuación de seguridad norteamericana.

La batalla por las tierras raras (y no por el paisaje)

Nadie mueve un portaaviones por un paisaje bonito; lo mueven por lo que hay debajo. El deshielo acelerado está dejando al descubierto yacimientos de tierras raras y uranio que hacen salivar a las corporaciones tecnológicas de Silicon Valley y a los estrategas militares. Mientras China intenta comprar minas legítimamente, Trump ha optado por la vía rápida de la coacción, viendo en Groenlandia la batería gigante que alimentará la economía estadounidense del siglo XXI.

Dinamarca se encuentra en una posición imposible: bloquear las inversiones chinas para complacer a Estados Unidos, solo para ver cómo su aliado amenaza con quedarse con todo el pastel. El gobierno de Groenlandia, el Naalakkersuisut, ha sido tajante: «Estamos abiertos a los negocios, no a la venta». Pero la geología ha condenado a la isla a ser el premio gordo de la próxima guerra fría comercial, y los mapas geológicos valen hoy más que los tratados de la ONU.

La pesadilla del Artículo 5: ¿Aliado o amenaza?

El escenario que plantea esta crisis es un rompecabezas jurídico que tiene a los abogados de la OTAN sin dormir. Groenlandia está protegida por la Alianza Atlántica a través de Dinamarca. Teóricamente, si Estados Unidos intentara una acción hostil, se activaría el principio de defensa colectiva… contra el miembro más fuerte de la propia alianza. Es una paradoja que podría fracturar a la OTAN desde dentro, obligando a Europa a elegir entre la lealtad a un socio pequeño o la sumisión al líder.

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Por ahora, la defensa es disuasoria y diplomática. Los nuevos buques patrulla de la clase Knud Rasmussen y los drones de vigilancia no están allí para hundir destructores estadounidenses, sino para demostrar que Dinamarca «ocupa» efectivamente el territorio. En el póquer geopolítico, Copenhague está apostando todas sus fichas a que la presencia visible y la legalidad internacional sean suficientes para frenar los impulsos imperiales de la Casa Blanca antes de que el primer marine pise Nuuk sin invitación.

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