El agua con gas ha pasado de ser una opción puntual en una comida especial a convertirse en una elección habitual para muchas personas en su día a día, ya sea por su sabor, por esa sensación refrescante o porque creen que ayuda a hacer mejor la digestión. En los supermercados cada vez ocupa más espacio y en los bares ya no sorprende que alguien la pida en lugar del agua sin gas, lo que abre una pregunta bastante común, si realmente es tan buena como parece o si conviene tomarla con más cabeza de lo que solemos pensar.
Esto, además, no deja de ser agua, algo esencial para el cuerpo y para funciones tan básicas como hidratarse bien, eliminar toxinas, ayudar a los riñones y mantener el organismo en equilibrio. La Organización Mundial de la Salud recomienda beber entre dos y dos litros y medio al día, pero cuando entran en juego las burbujas surgen dudas, si sienta bien a todo el mundo, si hincha más o si de verdad puede ayudar a la digestión, cuestiones a las que responde la nutricionista Blanca García-Orea con un mensaje claro y fácil de entender.
1¿Qué ocurre en el estómago al tomar agua con gas?
El agua con gas puede tener un efecto interesante a nivel digestivo y esa es una de las razones por las que muchas personas la eligen después o incluso antes de comer. Según explica Blanca García-Orea, el dióxido de carbono que contiene se transforma en ácido carbónico en el estómago y ese pequeño cambio puede estimular la secreción de ácido clorhídrico, algo clave para digerir bien los alimentos, sobre todo las proteínas, y para absorber mejor vitaminas y minerales.
Ese estímulo digestivo puede traducirse en una sensación de alivio para quienes suelen notar pesadez, gases o digestiones lentas. No es magia ni un remedio milagroso, pero en determinadas situaciones el agua con gas puede ayudar a que el proceso digestivo arranque con más facilidad, siempre que se consuma con moderación y escuchando las señales del propio cuerpo.






