El agua con gas ha pasado de ser una opción puntual en una comida especial a convertirse en una elección habitual para muchas personas en su día a día, ya sea por su sabor, por esa sensación refrescante o porque creen que ayuda a hacer mejor la digestión. En los supermercados cada vez ocupa más espacio y en los bares ya no sorprende que alguien la pida en lugar del agua sin gas, lo que abre una pregunta bastante común, si realmente es tan buena como parece o si conviene tomarla con más cabeza de lo que solemos pensar.
Esto, además, no deja de ser agua, algo esencial para el cuerpo y para funciones tan básicas como hidratarse bien, eliminar toxinas, ayudar a los riñones y mantener el organismo en equilibrio. La Organización Mundial de la Salud recomienda beber entre dos y dos litros y medio al día, pero cuando entran en juego las burbujas surgen dudas, si sienta bien a todo el mundo, si hincha más o si de verdad puede ayudar a la digestión, cuestiones a las que responde la nutricionista Blanca García-Orea con un mensaje claro y fácil de entender.
2Cuándo tomarla y por qué un vaso puede ser suficiente
El agua con gas no actúa igual si se toma sin control que si se hace en el momento adecuado. La nutricionista recomienda un gesto muy concreto, un vaso pequeño justo antes de una comida copiosa, suficiente para activar la digestión sin provocar el efecto contrario. Esa pequeña cantidad puede ayudar a expulsar gases y a reducir la sensación de hinchazón que muchas personas arrastran después de comer.
El problema aparece cuando se pierde la medida y se bebe demasiado, porque entonces el agua con gas puede aumentar la distensión abdominal y generar más incomodidad de la que se pretendía evitar. Por eso la clave no está en beberla todo el tiempo, sino en usarla como un apoyo puntual, especialmente en comidas más pesadas o cuando el estómago anda algo perezoso.






