Cantabria es uno de esos lugares donde comer bien no es una excepción, sino casi una norma no escrita. Entre el verde intenso de sus prados, la cercanía constante del mar y pueblos que parecen detenidos en el tiempo, la región ha construido una identidad gastronómica muy reconocible, basada en el respeto al producto, a las recetas heredadas y al saber hacer de generaciones enteras. Aquí la mesa no es un complemento del viaje, es muchas veces el motivo principal para coger el coche y volver una y otra vez.
Cantabria guarda además pequeños pueblos que, sin hacer demasiado ruido, se han convertido en auténticos referentes para quienes disfrutan comiendo sin prisas. Lugares donde conviven la cocina tradicional de cuchara, las parrillas honestas y propuestas de alta cocina que han puesto el nombre de la comunidad en el mapa gastronómico mundial. Uno de esos sitios está en el interior, lejos del bullicio costero, y demuestra que no hace falta ser grande para dejar huella.
1Villaverde de Pontones, un pueblo pequeño con una mesa inmensa
Cantabria encuentra en Villaverde de Pontones uno de sus ejemplos más claros de cómo la gastronomía puede transformar un lugar. Este pequeño pueblo, rodeado de colinas suaves y caminos rurales, transmite calma desde que se llega. Aquí no hay prisas ni colas, solo silencio, naturaleza y una sensación constante de estar en el sitio adecuado para disfrutar sin distracciones.
Villaverde de Pontones es hoy sinónimo de buen comer gracias a un proyecto que ha sabido respetar el entorno y elevarlo. Pasear por sus alrededores antes o después de sentarse a la mesa forma parte de la experiencia, porque el paisaje ayuda a entender lo que luego llega al plato. En este rincón de Cantabria, comer es también mirar alrededor y conectar con el territorio.






