Cantabria es uno de esos lugares donde comer bien no es una excepción, sino casi una norma no escrita. Entre el verde intenso de sus prados, la cercanía constante del mar y pueblos que parecen detenidos en el tiempo, la región ha construido una identidad gastronómica muy reconocible, basada en el respeto al producto, a las recetas heredadas y al saber hacer de generaciones enteras. Aquí la mesa no es un complemento del viaje, es muchas veces el motivo principal para coger el coche y volver una y otra vez.
Cantabria guarda además pequeños pueblos que, sin hacer demasiado ruido, se han convertido en auténticos referentes para quienes disfrutan comiendo sin prisas. Lugares donde conviven la cocina tradicional de cuchara, las parrillas honestas y propuestas de alta cocina que han puesto el nombre de la comunidad en el mapa gastronómico mundial. Uno de esos sitios está en el interior, lejos del bullicio costero, y demuestra que no hace falta ser grande para dejar huella.
2El Cenador de Amós, orgullo gastronómico de Cantabria
Cantabria presume, con razón, de uno de los grandes templos culinarios del país. En una casona-palacio del siglo XVIII se encuentra el Cenador de Amós, el proyecto personal del chef Jesús Sánchez y de Marián Martínez, directora de sala y pieza clave del engranaje. Desde Villaverde de Pontones, han construido una propuesta que mira al pasado y al futuro a la vez, siempre con el producto local como protagonista.
Las tres estrellas Michelin no son aquí un fin, sino una consecuencia. Cada menú es un recorrido por el paisaje cántabro, por el mar Cantábrico, los valles, los huertos y la memoria culinaria de la región. Cantabria se cuenta plato a plato, con respeto a la temporalidad, técnicas precisas y una sensibilidad que convierte la experiencia en algo cercano, lejos de la frialdad que a veces se asocia a la alta cocina.






