La alianza entre Reino Unido y Francia para desplegar tropas en Ucrania ha encendido todas las alarmas en los cuarteles generales de la OTAN esta semana. Mientras Londres y París prometen blindar la paz con botas sobre el terreno, los números internos cuentan una historia muy distinta y preocupante. La realidad es que no salen las cuentas para sostener esta misión y el verdadero obstáculo no es ruso, sino logístico.
Los mapas de los generales no coinciden con los discursos de los políticos.
Starmer y Macron han lanzado un órdago geopolítico que sus propios ejércitos no saben si pueden cubrir. Analizamos la letra pequeña de una promesa que podría dejar a Europa al descubierto y con los bolsillos vacíos.
Los discursos en el Elíseo y Downing Street suenan heroicos, con esa gravedad ensayada que tanto gusta a los mandatarios cuando hablan de «garantías de seguridad». Sin embargo, la euforia política choca frontalmente con la realidad de unos ejércitos que llevan años adelgazando sus filas. Prometer una fuerza de interposición en Ucrania queda muy bien en los titulares de prensa, pero cuando bajas al barro, los generales empiezan a mirar sus hojas de cálculo con sudores fríos y mucha preocupación.
No es solo una cuestión de voluntad, sino de pura aritmética básica que parece habérseles olvidado a los asesores gubernamentales. En estos momentos, el ejército británico lucha por reclutar jóvenes incluso para sus propias bases, por lo que enviar miles de efectivos al este de Europa suena a fantasía. La pregunta que nadie quiere responder en público es si estamos ante un compromiso real o ante el farol más peligroso de la década para intentar asustar a Moscú.
1.200 kilómetros de «Misión Imposible»
Para entender la magnitud de la locura logística, solo hay que mirar un mapa y trazar una línea imaginaria a lo largo del frente ucraniano actual. Estamos hablando de cubrir una extensión de 1.200 kilómetros, una distancia equivalente a ir de Madrid a París, pero sembrada de minas y artillería pesada. Los expertos militares calculan que una fuerza de interposición creíble requeriría decenas de miles de soldados, no el puñado de batallones simbólicos que se insinúan tímidamente en las cumbres internacionales.
Si miramos precedentes históricos como los de los Balcanes, la densidad de tropas necesaria para garantizar que nadie dispare es altísima y muy costosa. Desplegar una fuerza escuálida sería poner dianas humanas con uniforme europeo en medio de un fuego cruzado, sin capacidad real de imponer nada ni defenderse. Los analistas más cínicos sugieren que, con los efectivos actuales, la «línea roja» que pretenden trazar sería más bien una línea de puntos muy espaciada y totalmente ineficaz.
El Ejército de Su Majestad… ¿y quién más?
La situación en el Reino Unido roza la comedia negra si no fuera porque estamos hablando de defensa nacional y seguridad global. El ejército británico tiene su tamaño más reducido desde la época napoleónica, con más gente abandonando el servicio activo que entrando en las oficinas de reclutamiento. Resulta irónico ver a Keir Starmer ofreciendo brigadas para el extranjero cuando probablemente tendría problemas para llenar el estadio de Wembley con todos sus soldados disponibles para el combate.
Intentar convencer a la «Generación Z» de que cambie el mando de la consola por un fusil en el río Dniéper no está funcionando demasiado bien. Las campañas de marketing del ejército no logran competir con la vida civil, y la perspectiva de pasar el invierno en una trinchera helada no ayuda a captar talento. En los pubs de Londres, algunos bromean diciendo que la única forma de conseguir tropas suficientes sería reinstaurar la leva forzosa, algo que tumbaría al gobierno en 24 horas.
Macron y el arte de la «Ambigüedad Estratégica»
Emmanuel Macron sigue jugando a su deporte favorito: la «ambigüedad estratégica», que consiste en decir mucho sin prometer nada concreto sobre el papel. Francia tiene el ejército más capaz de la UE, pero mantener un despliegue indefinido es otra historia muy diferente a una intervención puntual en sus excolonias de África. Sus fuerzas armadas están diseñadas para operaciones rápidas y contundentes, no para estancarse años vigilando una frontera estática bajo la amenaza constante de drones suicidas rusos.
Además, el frente interno francés es un polvorín político que podría estallar si empiezan a llegar bolsas para cadáveres al aeropuerto de París. La oposición política espera cualquier fallo para atacar al presidente, y una misión de paz fallida sería el regalo perfecto para sus rivales. Macron lo sabe, y por eso sus palabras son mucho más agresivas que los movimientos reales de sus tropas, manteniendo un equilibrio precario entre parecer un líder fuerte y no suicidarse políticamente.
La factura que nadie quiere pagar
Mantener una fuerza expedicionaria de este calibre cuesta una fortuna diaria que no está presupuestada en ninguna parte de las cuentas públicas. Hablamos de logística, alimentación, munición, rotaciones y un despliegue sanitario de primera línea que ahora mismo no existe en la magnitud necesaria. Las economías europeas, que ya están haciendo malabarismos para cumplir con el 2% de gasto en defensa de la OTAN, tendrían que recortar de otros sitios dolorosos como sanidad o educación.
Y si alguien está esperando que el «Tío Sam» saque la billetera, puede ir buscando una silla cómoda para esperar sentado. Con la nueva administración en Washington, Europa está sola en la factura, ya que la prioridad estadounidense vira agresivamente hacia el Pacífico y la contención de China. Londres y París tendrían que asumir el coste total, lo que convierte esta promesa militar en una pesadilla contable que tiene a los ministros de hacienda de ambos países al borde del infarto.
El oso ruso no está invitado a la fiesta
Todo este plan asume ingenuamente que Rusia se quedará quieta mirando cómo la OTAN aparca sus tanques en su frontera soñada sin hacer nada. El Kremlin ya ha advertido que considerará a cualquier soldado extranjero como un combatiente legítimo y objetivo prioritario, elevando exponencialmente el riesgo de una guerra directa OTAN-Rusia. No se trata de «mantener la paz», sino de interponerse físicamente entre dos boxeadores que todavía quieren seguir pegándose, con el riesgo real de recibir el golpe de nocaut.
Al final del día, la promesa británica y francesa parece más una maniobra diplomática para ganar tiempo que un plan operativo real y factible. Sin tropas suficientes, sin dinero claro y con un riesgo inasumible, la propuesta podría quedar en papel mojado antes de que el primer soldado haga la maleta. La gran incógnita ahora es cómo se echarán atrás sin perder la cara ante Zelensky y ante los libros de historia.






