Nadie habría apostado un duro hace veinte años por que un pueblo encaramado en las curvas de la Sierra de las Villuercas pudiera mirar a los ojos a las masificadas urbes costeras. Sin embargo, lo cierto es que los datos de ocupación hotelera están dejando en evidencia a quienes pensaban que el turismo en España solo era sol y sangría barata.
Llegar hasta aquí no es precisamente un paseo por una autopista de cinco carriles, pero esa dificultad geográfica parece haberse convertido en parte de su exclusivo encanto. De hecho, resulta fascinante ver cómo los viajeros internacionales valoran esa desconexión que supone adentrarse en carreteras secundarias donde el GPS a veces duda.
¿Cómo demonios llegan hasta aquí sin un solo tren?
Resulta paradójico que en la era de la hiperconectividad, el mayor reclamo de este destino sea precisamente lo complicado que resulta poner un pie en sus calles empedradas si no vas en coche o autobús. Y es que, sorprendentemente, la falta de infraestructuras ferroviarias no ha frenado el apetito voraz de los extranjeros por descubrir la llamada «Puebla».
Los vecinos observan con cierta sorna y orgullo cómo autobuses repletos de jubilados centroeuropeos maniobran por las estrechas vías de acceso, ávidos de cultura y gastronomía local. Lo curioso es que esta peregrinación moderna desafía toda lógica logística, demostrando que cuando el producto es de primera calidad, el cliente está dispuesto a cruzar medio mapa.
El imán de piedra que obsesionó a Cristóbal Colón
No se puede entender este fenómeno sin alzar la vista hacia la inmensa mole arquitectónica que domina el paisaje y que lleva siglos atrayendo a reyes, plebeyos y ahora a turistas con cámaras réflex. La realidad histórica es que el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe ejerce una fuerza gravitatoria tal que justifica por sí solo el desplazamiento desde cualquier punto del globo. Es Patrimonio de la Humanidad, sí, pero también es el lugar donde los Reyes Católicos despachaban asuntos de estado y donde Colón bautizó a los primeros indígenas traídos de América.
La mezcla de estilos gótico, mudéjar, renacentista y barroco crea un pastiche visual que deja boquiabiertos a quienes están acostumbrados a la monotonía de las catedrales neogóticas del norte de Europa. Por mucho que nos lo quieran vender en otros sitios, pocas construcciones en España tienen esta potencia visual y simbólica concentrada en tan pocos metros cuadrados.
Lo que buscan los extranjeros que Benidorm no puede ofrecer
El perfil del turista que aterriza en Extremadura y alquila un coche para subir a las Villuercas no tiene nada que ver con el que busca el «todo incluido» de pulsera y buffet libre. Lo que ocurre es que el viajero post-pandemia exige experiencias reales que no parezcan fabricadas en serie para el consumo masivo de guiris despistados. Aquí se encuentran con el silencio, con el olor a leña en invierno, con la morcilla de Guadalupe y con una arquitectura popular.
Se ha corrido la voz de que en este rincón se come de verdad y se vive a un ritmo que en las grandes capitales europeas se perdió hace décadas. Es evidente que la gastronomía juega un papel fundamental en esta seducción masiva, con platos contundentes y vinos de la tierra que cuestan una fracción de lo que pagarían en la Costa Azul.
Un pueblo que planta cara a la España Vaciada
Mientras media península se lamenta —con razón— de la despoblación y el abandono institucional, Guadalupe ha decidido escribir su propio guion aprovechando sus recursos sin esperar a que nadie venga a salvarles. Hay que reconocer que el modelo de gestión turística local ha sabido poner en valor lo que otros despreciaban, convirtiendo la tradición en un activo económico de primer orden.
El futuro de este enclave parece asegurado mientras no muera de éxito ni termine convirtiéndose en un parque temático de sí mismo, riesgo que siempre acecha a estos lugares de moda. De momento, lo que vemos es que la vitalidad de sus calles empedradas es la mejor respuesta a los augurios fatalistas sobre el mundo rural español. Si un lugar sin tren, sin aeropuerto y rodeado de montañas puede robarle turistas a la costa, quizá es que tenemos que empezar a repensar qué es lo que realmente vale la pena visitar en este país.


