La política exterior de Estados Unidos hacia América Latina sufrió un terremoto con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, marcando un antes y un después en las relaciones hemisféricas. Este giro inesperado no solo desdibujó décadas de diplomacia, sino que abrió puertas a nuevas influencias globales en la región.
El rugido del león americano, tradicionalmente atronador en su «patio trasero», se transformó en un murmullo distante durante la presidencia de Donald Trump. Lejos de la doctrina Monroe, que durante casi dos siglos dictó los pasos en América Latina, la administración Trump optó por una indiferencia estratégica, un desapego que, aunque a primera vista parecía un alivio, dejó a la región expuesta a vientos nuevos y desconocidos. La Pax Americana, con todos sus claroscuros, se desdibujaba, obligando a los países latinoamericanos a recalibrar sus brújulas en un océano cada vez más concurrido.
Este repliegue, o al menos el cambio de prioridades de Washington hacia el Indo-Pacífico y el frente comercial con China, generó un vacío de poder que rápidamente comenzó a ser percibido, y explotado, por otros actores globales. Rusia, a través de ventas de armamento e inversiones estratégicas, y sobre todo China, con su vasto cinturón y ruta (Belt and Road Initiative), vieron una oportunidad de oro para expandir su influencia y forjar nuevas dependencias económicas y políticas. La vieja dinámica de un solo hegemón se troceaba, y la multipolaridad, o al menos la bipolaridad entre EE.UU. y China, aterrizaba de lleno en el continente americano.
El adiós a la doctrina Monroe: ¿desinterés o estrategia?
El «America First» de Trump se tradujo, para América Latina, en un «América… a ver si luego». La política exterior se centró en la seguridad fronteriza, la migración y la lucha contra el narcotráfico, relegando los grandes proyectos de cooperación o las iniciativas de desarrollo regional a un segundo o tercer plano. Este cambio de enfoque, lejos de ser un mero olvido, revelaba una reorientación profunda de los intereses estadounidenses, donde la región pasaba de ser una prioridad estratégica a un asunto meramente táctico y de contención inmediata.
La retirada del TPP, un acuerdo que prometía estrechar lazos comerciales en el Pacífico, fue un síntoma claro de esta nueva realidad, dejando a países como Chile, Perú o México en una encrucijada. La región, acostumbrada a mirar al norte, se vio forzada a diversificar sus socios y explorar alianzas alternativas en un mundo donde la globalización ya no era un dogma incuestionable, sino un campo de batalla con nuevas reglas y contendientes.
China: El gigante silencioso que llenó el vacío
Mientras Washington miraba hacia otro lado, Pekín no perdió el tiempo. La inversión china en infraestructura, energía y recursos naturales en América Latina se disparó, consolidando su posición como un socio comercial indispensable para muchos países. Desde puertos en Perú hasta represas en Argentina, la huella china se extendió como un manto discreto pero firme, ofreciendo créditos sin las condicionalidades políticas que a menudo acompañaban a la ayuda occidental.
Esta incursión no solo se limitó al ámbito económico; la presencia china también se manifestó en la diplomacia, la tecnología (especialmente en el despliegue de redes 5G) y la cooperación en seguridad, creando un complejo entramado de interdependencias. El «Consenso de Pekín» emergía como una alternativa al «Consenso de Washington», prometiendo desarrollo a cambio de lealtad política, un trato que muchos líderes regionales no dudaron en considerar atractiva y pragmática.
Rusia: El socio de último recurso
Aunque con una capacidad de influencia mucho menor que China, Rusia también supo explotar el desinterés de Trump para fortalecer sus lazos con ciertos países de la región, especialmente aquellos con relaciones históricamente tensas con EE.UU. La venta de armamento a Venezuela y Nicaragua, la cooperación en materia de energía nuclear o la presencia mediática a través de RT y Sputnik, fueron ejemplos de cómo Moscú intentaba mantener su presencia en un tablero global donde buscaba contrarrestar la hegemonía estadounidense.
Para algunos gobiernos latinoamericanos, Rusia representaba un contrapeso necesario frente al poderío de Washington y, a veces, una fuente de tecnología militar que otros proveedores occidentales se negaban a vender. Era un recordatorio de que, incluso en un continente mayoritariamente pro-occidental, siempre hay espacio para la disidencia y la búsqueda de aliados poco convencionales.
La resiliencia Latinoamericana: Adaptación y nuevos desafíos
La era Trump, lejos de hundir a América Latina, la obligó a madurar y a ser más pragmática en sus relaciones internacionales. La región, acostumbrada a las turbulencias, demostró una notable capacidad de adaptación, buscando diversificar sus socios comerciales y fortaleciendo sus propios mecanismos de integración regional, aunque estos últimos con resultados dispares. La pandemia de COVID-19, que golpeó duramente al continente, también sirvió para reafirmar la necesidad de una mayor autonomía y autosuficiencia.
Sin embargo, los desafíos persisten: la polarización política interna, la desigualdad social, la crisis climática y la inestabilidad económica siguen siendo lastres que dificultan una estrategia unificada y coherente. América Latina se encuentra en una encrucijada, con la necesidad imperiosa de forjar su propio camino en un mundo cada vez más fragmentado, donde las viejas lealtades se desvanecen y las nuevas alianzas se construyen día a día, con cautela y una buena dosis de pragmatismo.
El futuro incierto: Entre la autonomía y las nuevas dependencias
Con la salida de Trump y la llegada de una nueva administración en EE.UU., se esperaba un retorno a una política más predecible y multilateralista. Sin embargo, la herencia de los cuatro años de «America First» sigue presente, y la competencia geopolítica entre grandes potencias no ha disminuido. América Latina se enfrenta ahora a la difícil tarea de equilibrar sus relaciones con EE.UU., China y otros actores emergentes, sin caer en nuevas dependencias que limiten su soberanía y su capacidad de maniobra.
La autonomía estratégica se ha convertido en una meta aspiracional, pero la realidad económica y política a menudo impone sus propias reglas. La región tiene ante sí la oportunidad histórica de definir su propio destino, de pasar de ser un mero objeto de la geopolítica a un actor proactivo y con voz propia en el escenario global, aunque para ello necesite una visión compartida y una voluntad política que, a veces, parece esquiva.






