Portugal tiene ciudades que no se explican del todo, se sienten; ciudades donde la belleza no es inmediata ni estridente, sino silenciosa, casi tímida, de esas que se cuelan poco a poco y se quedan. En el norte de Portugal, lejos del bullicio de Lisboa y del desparpajo de Oporto, hay una ciudad que parece vivir permanentemente envuelta en una nostalgia suave, como si el tiempo caminara a otro ritmo.
Quien viaja buscando esa melancolía amable, ese placer extraño de estar un poco triste sin saber muy bien por qué, encuentra en Portugal una aliada perfecta. Y en Coimbra, en concreto, el escenario es completo, con fado universitario, azulejos gastados, lluvia fina sobre el empedrado y un río que acompaña en silencio, como si también escuchara.
3Azulejos, catedrales y un río que acompaña en el norte de Portugal
Las iglesias de Coimbra son otro reflejo del alma de Portugal. La Sé Velha, románica y robusta, impone con su sobriedad, mientras que la Sé Nova muestra el carácter jesuita, más austero y menos cálido. Muy distinta es Santa Cruz, un lugar donde uno puede refugiarse del cansancio y dejarse envolver por los azulejos azules y blancos.
Al otro lado del Mondego, el río que parece deslizarse con la misma calma que la ciudad, están Santa Clara la Vieja y la Nueva, con sus ruinas, leyendas y la historia de Inés de Castro flotando en el ambiente. Y si la lluvia aprieta, basta con perderse por un mercadillo de antigüedades o entrar en cualquier café, porque en Portugal el café casi nunca falla. Si además se acompaña con un pastel de Tentugal, el tiempo se detiene un poco más y Coimbra, una vez más, cumple su promesa de melancolía perfecta.






