Las dietas estrictas siguen siendo una de las grandes trampas cuando se habla de perder peso, aunque cada vez más profesionales coinciden en que no son la solución. Prometen cambios rápidos, resultados visibles en pocas semanas y una sensación de control que parece tranquilizadora, pero en la práctica suelen generar frustración, ansiedad y una relación cada vez más complicada con la comida.
Estas dietas se aplican muchas veces sin tener en cuenta cómo vive realmente una persona, sus horarios, su trabajo, su entorno social o incluso su estado emocional. En ese choque constante entre la teoría y la vida real es donde empiezan los abandonos, los efectos rebote y la sensación de haber fallado, cuando en realidad el problema está en el enfoque y no en la persona.
1El peso no lo es todo y la báscula tampoco
Durante años, el Índice de Masa Corporal ha sido la herramienta más utilizada para clasificar el sobrepeso y la obesidad, pero su simplicidad es también su mayor limitación. Irene Doporto, nutricionista y directora técnica de la Unidad de Nutrición y Sobrepeso de Clínicas Dorsia, recuerda que este indicador no distingue entre grasa, músculo o agua, lo que puede llevar a diagnósticos poco ajustados a la realidad.
Por eso, en consulta se apuesta cada vez más por estudiar la composición corporal a través de técnicas como la bioimpedancia, que permiten conocer cuánta grasa, masa magra o agua tiene una persona. Este enfoque ofrece una visión mucho más completa y ayuda a entender que se puede mejorar la salud y el cuerpo aunque el peso apenas se mueva, algo que resulta clave para mantener la motivación.






