Las dietas estrictas siguen siendo una de las grandes trampas cuando se habla de perder peso, aunque cada vez más profesionales coinciden en que no son la solución. Prometen cambios rápidos, resultados visibles en pocas semanas y una sensación de control que parece tranquilizadora, pero en la práctica suelen generar frustración, ansiedad y una relación cada vez más complicada con la comida.
Estas dietas se aplican muchas veces sin tener en cuenta cómo vive realmente una persona, sus horarios, su trabajo, su entorno social o incluso su estado emocional. En ese choque constante entre la teoría y la vida real es donde empiezan los abandonos, los efectos rebote y la sensación de haber fallado, cuando en realidad el problema está en el enfoque y no en la persona.
2Por qué las dietas estrictas fracasan una y otra vez
Cuando se habla de dietas rígidas y restrictivas, se habla de planes muy bajos en calorías o basados en eliminar alimentos de forma generalizada, sin personalización. Según Doporto, este tipo de estrategias generan hambre constante, ansiedad y una sensación de prohibición que termina pasando factura tanto física como emocionalmente.
Las dietas estrictas tampoco encajan con la vida cotidiana, con comidas sociales, rutinas cambiantes o momentos de estrés, lo que hace que sean imposibles de sostener en el tiempo. El resultado suele ser abandono, recuperación del peso perdido e incluso un aumento posterior, porque no se han trabajado hábitos ni la relación con la comida.






