Las dietas estrictas siguen siendo una de las grandes trampas cuando se habla de perder peso, aunque cada vez más profesionales coinciden en que no son la solución. Prometen cambios rápidos, resultados visibles en pocas semanas y una sensación de control que parece tranquilizadora, pero en la práctica suelen generar frustración, ansiedad y una relación cada vez más complicada con la comida.
Estas dietas se aplican muchas veces sin tener en cuenta cómo vive realmente una persona, sus horarios, su trabajo, su entorno social o incluso su estado emocional. En ese choque constante entre la teoría y la vida real es donde empiezan los abandonos, los efectos rebote y la sensación de haber fallado, cuando en realidad el problema está en el enfoque y no en la persona.
3La clave de las dietas está en la personalización y los hábitos reales
Perder peso de forma eficaz no pasa por recortar calorías sin más, sino por adaptar las pautas a cada persona. La nutricionista insiste en la importancia de introducir cambios progresivos y sostenibles, fomentar una actividad física que se disfrute, cuidar el descanso y aprender a gestionar el estrés, factores que influyen tanto o más que la dieta.
En la alimentación, el enfoque debe ser flexible y equilibrado, sin alimentos prohibidos ni normas que generen culpa. Priorizar la calidad y la variedad, escuchar las señales de hambre y saciedad y permitirse ciertos caprichos reduce el riesgo de atracones y mejora la relación con la comida, especialmente a medida que la edad y el metabolismo cambian.






