El kéfir ha pasado en muy poco tiempo de ser un gran desconocido a colarse en la rutina diaria de muchas personas que buscan cuidarse sin complicarse demasiado. Lo vemos en los supermercados, en desayunos, en redes sociales y en recomendaciones de nutricionistas, casi siempre asociado a la salud intestinal, pero en realidad este alimento fermentado va bastante más allá de aliviar hinchazón o mejorar la digestión, y cada vez despierta más interés por su impacto en otros órganos clave del cuerpo.
En un momento en el que los problemas digestivos se han vuelto casi habituales y la microbiota intestinal ocupa titulares y consultas médicas, el kéfir aparece como una opción sencilla y accesible. Su mezcla natural de bacterias beneficiosas no solo ayuda al intestino a funcionar mejor, sino que también podría estar influyendo de forma silenciosa en la salud de los riñones, un órgano esencial que muchas veces solo recordamos cuando algo no va bien.
1El vínculo entre intestino y riñones empieza en la microbiota
El kéfir actúa principalmente sobre la microbiota intestinal, ese ecosistema de bacterias que influye en más aspectos de la salud de los que imaginamos. Cuando este equilibrio se rompe y aparecen bacterias perjudiciales en exceso, el intestino se vuelve más permeable y permite el paso de toxinas a la sangre, algo que termina afectando a otros órganos, entre ellos los riñones.
Los expertos llevan tiempo señalando que esta disbiosis intestinal está relacionada con el desarrollo de enfermedades renales crónicas. En este contexto, introducir alimentos fermentados como el kéfir puede ayudar a reforzar la barrera intestinal, reducir la inflamación y facilitar que el organismo gestione mejor los desechos, aliviando parte del trabajo que realizan los riñones cada día.






