El kéfir ha pasado en muy poco tiempo de ser un gran desconocido a colarse en la rutina diaria de muchas personas que buscan cuidarse sin complicarse demasiado. Lo vemos en los supermercados, en desayunos, en redes sociales y en recomendaciones de nutricionistas, casi siempre asociado a la salud intestinal, pero en realidad este alimento fermentado va bastante más allá de aliviar hinchazón o mejorar la digestión, y cada vez despierta más interés por su impacto en otros órganos clave del cuerpo.
En un momento en el que los problemas digestivos se han vuelto casi habituales y la microbiota intestinal ocupa titulares y consultas médicas, el kéfir aparece como una opción sencilla y accesible. Su mezcla natural de bacterias beneficiosas no solo ayuda al intestino a funcionar mejor, sino que también podría estar influyendo de forma silenciosa en la salud de los riñones, un órgano esencial que muchas veces solo recordamos cuando algo no va bien.
3Un posible escudo frente a agresiones externas
El interés por el kéfir también ha llegado al ámbito de los tratamientos médicos más agresivos. Algunos fármacos utilizados en quimioterapia pueden dañar seriamente el riñón, y en estudios experimentales se ha observado que el consumo de kéfir ayudaba a frenar la muerte celular provocada por estos medicamentos.
Aunque muchas de estas investigaciones se han realizado en animales, los datos en humanos empiezan a apuntar en la misma dirección. Un amplio análisis publicado en Frontiers in Nutrition concluyó que las personas que consumen probióticos de forma habitual presentan un menor riesgo de desarrollar enfermedad renal crónica, lo que refuerza la idea de que cuidar el intestino también es una forma indirecta de proteger los riñones.






