En este inicio de 2026, el mundo observa con una mezcla de fascinación y temor cómo el Ártico se convierte en el escenario principal de la nueva Guerra Fría. Un reciente análisis pone de manifiesto la creciente preocupación en el Kremlin ante el regreso de una de las propuestas más disruptivas de la política exterior estadounidense: el interés de Donald Trump por Groenlandia. Lo que en 2019 fue recibido con burlas y escepticismo, hoy, bajo su actual administración, se ha transformado en una estrategia de seguridad nacional que Vladimir Putin observa no solo como una amenaza territorial, sino como un desafío directo al control ruso sobre las rutas comerciales del norte.
Para el presidente ruso, Groenlandia no es simplemente una isla de hielo bajo soberanía danesa; es el «portaviones de granito» que domina el acceso al Atlántico Norte. Moscú ha invertido miles de millones de rublos en la última década para militarizar su costa ártica, reabriendo bases de la era soviética y desplegando tecnología hipersónica. El temor de Putin es que un aumento de la presencia de Estados Unidos en Groenlandia —ya sea mediante la expansión de la base de Thule o acuerdos de explotación de tierras raras— cree un «cerrojo» que neutralice la Flota del Norte rusa y su capacidad de proyección hacia el sur.
La ambición de Trump por este territorio no es puramente inmobiliaria, sino profundamente económica y geopolítica. Con el deshielo acelerado de los polos, Groenlandia se ha revelado como un tesoro de recursos minerales críticos (tierras raras y uranio) esenciales para la industria tecnológica y militar del siglo XXI. Además, el control de la isla es fundamental para monitorizar las nuevas rutas marítimas que prometen acortar los viajes entre Asia y Europa en un 40%. Para la Casa Blanca, asegurar una influencia predominante en Groenlandia es la pieza que falta para cerrar el flanco norte frente al expansionismo de Rusia y la creciente influencia de China en el Consejo Ártico.
Desde Moscú, la respuesta ha sido una combinación de retórica nacionalista y movimientos militares preventivos. Putin entiende que el Ártico es el último bastión donde Rusia mantiene una ventaja comparativa tecnológica. Por ello, el análisis de los expertos sugiere que Rusia intensificará su cooperación con Pekín en la llamada «Ruta de la Seda Polar». Esta alianza estratégica busca contrarrestar el poder del eje Washington-Copenhague-Ottawa, creando un bloque euroasiático que defienda la soberanía rusa sobre sus aguas territoriales frente a lo que consideran una «intromisión ilegal» de potencias no árticas lideradas por EE. UU.
Sin embargo, el factor humano y diplomático complica el tablero. Dinamarca y el gobierno autónomo de Nuuk (capital de Groenlandia) mantienen una posición delicada. Aunque dependen de la seguridad de la OTAN, existe un fuerte rechazo a ser tratados como una moneda de cambio en una transacción entre superpotencias. La administración de Trump ha suavizado el lenguaje de «compra» por uno de «asociación estratégica profunda», pero el objetivo sigue siendo el mismo: establecer una hegemonía estadounidense que desplace definitivamente las ambiciones rusas de convertir el Ártico en un «lago privado» de Moscú.
El impacto de este pulso se siente también en el resto del mundo. El análisis destaca que la tensión en el Polo Norte está obligando a las potencias europeas a elegir bando. Mientras Rusia busca socios que no cuestionen su control militar, Estados Unidos utiliza la carta de la inversión en infraestructuras y la protección frente a la «agresión rusa. En este 2026, la paz ártica es más frágil que nunca; cada movimiento en las costas de Groenlandia es analizado por el Kremlin como un paso hacia un posible conflicto de escala global por el control de los recursos del futuro.
En conclusión, Groenlandia se ha convertido en el termómetro de las relaciones entre Putin y Trump. Lo que ocurra en los próximos meses en los foros internacionales y en las heladas aguas del estrecho de Dinamarca definirá el equilibrio de poder para el resto del siglo. El Ártico ya no es una frontera olvidada; es el epicentro de una lucha de titanes donde la geografía, el cambio climático y la ambición política han colisionado de forma definitiva.






