El dulce aparece muchas veces como una urgencia difícil de ignorar que nos empuja a buscar algo rápido y azucarado casi sin pensarlo, y esto a menudo sucede después de una siesta. A casi todos nos ha pasado alguna vez y solemos achacarlo al cansancio o a la costumbre, pero detrás de esa necesidad hay más explicación de la que parece y no siempre tiene que ver con falta de fuerza de voluntad.
El dulce que apetece al despertar tiene mucho que ver con cómo hemos comido antes de dormir y con pequeños desajustes internos que se activan durante el descanso. Para entenderlo, Álex Sempere Jover, nutricionista, nos habla de la planificación de las comidas y de cómo una alimentación poco equilibrada puede acabar traduciéndose en ese antojo tan concreto y tan común.
1El dulce tras la siesta no aparece por casualidad
Cuando la comida previa ha sido rica en hidratos de carbono simples, como pasta blanca, arroz blanco o productos azucarados, el cuerpo absorbe la glucosa muy rápido. Esa subida veloz suele ir seguida de una bajada brusca y es ahí cuando, al despertar de la siesta, aparece esa sensación de vacío y la necesidad urgente de algo dulce que devuelva la energía de golpe.
Pero también puede ocurrir justo lo contrario, es decir, si la comida ha sido demasiado ligera, el organismo interpreta que necesita combustible inmediato para ponerse en marcha otra vez. A esto se suma un factor emocional nada desdeñable, el cerebro busca prolongar la sensación de bienestar y relajación que deja la siesta y el dulce, por su componente placentero, se convierte en la opción más tentadora.





