La recuperación del movimiento internacional tras el gran parón de la década actual ha traído consigo una paradoja difícil de digerir para miles de viajeros en todo el mundo. Mientras los aeropuertos europeos vuelven a registrar cifras récord de pasajeros y el turismo se consolida como el motor de la economía continental, el espacio Schengen ha levantado una barrera invisible pero implacable para quienes no poseen el pasaporte «adecuado». El último barómetro elaborado por la plataforma HelloSafe, basado en las estadísticas oficiales de la Comisión Europea, revela que la tasa de denegación de visados no solo no ha regresado a los niveles de flexibilidad previos, sino que se ha estancado en un alarmante 14,8%. Esto significa que casi uno de cada siete solicitantes recibe una negativa como respuesta, una cifra que en 2019, justo antes de la crisis sanitaria, se situaba apenas en el 9,9%.
Esta realidad dibuja un mapa del mundo dividido por la capacidad de cruzar fronteras. El aumento del 13% en el volumen total de solicitudes durante el último ejercicio, rozando los 11,7 millones de expedientes tramitados, no ha venido acompañado de una mayor apertura. Al contrario, el rigor de los consulados parece haberse agudizado, convirtiendo el proceso de obtención de un visado en una inversión de alto riesgo. Detrás de estos porcentajes fríos se esconden historias de familias separadas, oportunidades de negocio perdidas y una sangría económica constante para los ciudadanos de los países menos favorecidos por la diplomacia comunitaria, quienes deben abonar tasas no reembolsables sin ninguna garantía de éxito.
LA BRECHA AFRICANA
El dato más revelador y a la vez más controvertido del estudio de HelloSafe es la profunda desigualdad geográfica que impera en los centros de visado. No existe una vara de medir universal; la probabilidad de ser rechazado depende casi exclusivamente del origen del solicitante. En este escenario, las naciones africanas se llevan la peor parte, enfrentándose a lo que muchos analistas ya denominan una frontera de cristal basada en el nivel de renta del país emisor. Si bien la media europea es del 14,8%, hay una nación que destaca por encima de todas en la dureza de sus estadísticas: las Comoras. Este pequeño archipiélago en el Océano Índico encabeza la lista de la exclusión con una tasa de rechazo que asciende al 62,8%. Es decir, más de seis de cada diez ciudadanos comorenses que intentan obtener un visado para Europa ven su solicitud denegada.

Esta situación no es un caso aislado, sino que forma parte de un patrón regional preocupante. Muy cerca en las estadísticas se encuentran países como Bangladesh, con un 54,9% de rechazos, y una larga lista de naciones africanas como Guinea, Senegal y Nigeria, cuyas tasas de negativa oscilan peligrosamente entre el 45% y el 47%. El estudio pone de manifiesto que el rigor consular se ensaña especialmente con el Magreb y el África subsahariana, donde se registran tasas de rechazo que multiplican por siete a las de regiones como Asia Oriental. Para un ciudadano nigeriano o argelino, el proceso de solicitud no es un mero trámite administrativo, sino una carrera de obstáculos donde el prejuicio migratorio parece pesar más que la documentación presentada o la solvencia económica demostrada.
EL MODELO MALTÉS Y EL RIGOR DE LAS POTENCIAS DEL NORTE
Si analizamos el comportamiento de los países receptores, la disparidad interna dentro del bloque Schengen es igualmente llamativa. Aunque todos los estados miembros se rigen teóricamente por el mismo Código de Visados, la interpretación de las normas varía drásticamente según la capital. Malta se ha consolidado como el país más estricto del espacio común, con una tasa de rechazo que alcanza el 38,5%. Este dato sitúa a la isla mediterránea como el filtro más tupido de Europa, muy por encima de la media de sus vecinos. Le siguen en rigor naciones como Estonia, con un 27,7%, y Bélgica, con un 24,6%. Estos países actúan como centinelas de un espacio que, si bien es de libre circulación interna, se muestra cada vez más hermético hacia el exterior.
En el lado opuesto de la balanza se encuentran destinos como Islandia, que apenas deniega el 6,6% de sus solicitudes, o Bulgaria y Rumanía, cuyas tasas de rechazo no llegan al 10%. Esta diferencia de criterios crea un fenómeno de «consular shopping», donde los viajeros intentan tramitar sus permisos a través de las embajadas percibidas como más laxas, aunque su destino final sea otro. Sin embargo, las grandes potencias turísticas como Francia y España, que gestionan millones de expedientes al año, mantienen tasas de rechazo moderadas pero constantes, lo que les permite ejercer un control masivo sobre quién pisa suelo europeo. El estudio subraya que esta falta de uniformidad genera una sensación de arbitrariedad que daña la imagen de la Unión Europea como un bloque cohesionado y justo.

EL PEAJE A PAGAR
Uno de los puntos más críticos que destaca el informe es el impacto financiero de las denegaciones en los países del sur global. Solicitar un visado Schengen tiene un coste fijo que debe pagarse por adelantado y que no es recuperable en caso de negativa. Si sumamos las tasas consulares, los costes de las agencias externas de tramitación, los seguros obligatorios y los desplazamientos a los consulados, el gasto por solicitud puede ser prohibitivo para el salario medio de muchas de las nacionalidades más rechazadas. El estudio estima que solo en el último año se han perdido cientos de millones de euros en trámites fallidos, dinero que fluye desde las economías más pobres hacia las arcas de los países más ricos de Europa.
Este sistema de tasas no reembolsables ha sido objeto de críticas por parte de diversas organizaciones internacionales, que lo ven como un impuesto indirecto a la movilidad. Para un ciudadano de Pakistán, país que sufre una tasa de rechazo del 47,5%, el proceso de solicitud equivale económicamente a jugar a la ruleta: hay casi un 50% de posibilidades de perder una inversión que puede representar meses de ahorros familiares. Esta sangría económica es especialmente dolorosa en países como Argelia o Marruecos, que a pesar de estar entre los que más solicitudes presentan a nivel mundial, se encuentran sistemáticamente entre los que más dinero «donan» al sistema Schengen sin obtener nada a cambio más que un sello de denegación en su pasaporte.

LA DIGITALIZACIÓN NO GARANTIZA LA JUSTICIA
El futuro de las fronteras europeas se encamina hacia una digitalización total, con la promesa de agilizar los procesos y reducir las colas en los consulados. Sin embargo, los datos de HelloSafe invitan a la cautela. Existe el temor fundado de que la sustitución de las entrevistas personales por algoritmos de riesgo y sistemas de inteligencia artificial no haga más que automatizar y perpetuar los sesgos actuales. Si el sistema está programado para considerar la nacionalidad como el principal factor de riesgo, la digitalización no será una herramienta de apertura, sino un muro informático aún más eficiente y difícil de apelar.
La brecha entre los ciudadanos con pasaportes «fuertes», que pueden viajar por medio mundo sin necesidad de visado previo, y aquellos que deben someterse al escrutinio constante de Schengen, se ensancha cada año. Mientras países como Honduras o Costa Rica disfrutan de tasas de rechazo testimoniales por debajo del 3%, la realidad para gran parte de África y Asia es de un bloqueo sistemático. En última instancia, el barómetro de 2025 nos recuerda que el espacio Schengen es hoy un club privado donde el derecho a la movilidad no se mide por la legalidad de los actos, sino por el lugar de nacimiento. Europa, en su afán por blindar sus fronteras, está construyendo un sistema donde la nacionalidad se ha convertido en el destino definitivo del viajero.






