Italia es un país lleno de tópicos que casi todos creemos conocer antes de pisarlo, platos de pasta humeantes, plazas barrocas, gestos exagerados y un ritmo vital muy reconocible. Sin embargo, hay lugares que desmontan esa idea en cuanto se llega y obligan a mirar el mapa dos veces para recordar que sí, que seguimos en Italia aunque nada termine de encajar del todo.
Italia guarda una excepción fascinante junto al Adriático y se llama Trieste, una ciudad que parece vivir a medio camino entre varias identidades y que presume, con razón, de ser la menos italiana del país. Aquí el mar marca el pulso, la historia pesa y la mezcla cultural se nota en la mesa, en la arquitectura y hasta en la forma de pedir un café, convirtiéndola en un destino tan singular como difícil de clasificar.
1Italia empieza a romperse en la colina de San Giusto
Italia suele asociarse a ciudades que crecieron alrededor de foros romanos o catedrales medievales, pero Trieste comenzó su historia mirando al puerto como una antigua ciudad griega. Desde la colina de San Giusto se entiende todo, el pasado defensivo, la importancia estratégica y esa sensación constante de frontera que define a la ciudad desde hace siglos.
El Castillo de San Giusto, levantado entre los siglos XV y XVII por orden del Imperio austrohúngaro, recuerda que Trieste fue durante mucho tiempo una pieza clave fuera del engranaje italiano. A pocos pasos se alza la Catedral de San Giusto, el templo católico más emblemático de la ciudad, un lugar que mezcla sobriedad y simbolismo y que recompensa el esfuerzo de subir sus cuestas con unas vistas que resumen siglos de historia y cambios de soberanía.






