Italia es un país lleno de tópicos que casi todos creemos conocer antes de pisarlo, platos de pasta humeantes, plazas barrocas, gestos exagerados y un ritmo vital muy reconocible. Sin embargo, hay lugares que desmontan esa idea en cuanto se llega y obligan a mirar el mapa dos veces para recordar que sí, que seguimos en Italia aunque nada termine de encajar del todo.
Italia guarda una excepción fascinante junto al Adriático y se llama Trieste, una ciudad que parece vivir a medio camino entre varias identidades y que presume, con razón, de ser la menos italiana del país. Aquí el mar marca el pulso, la historia pesa y la mezcla cultural se nota en la mesa, en la arquitectura y hasta en la forma de pedir un café, convirtiéndola en un destino tan singular como difícil de clasificar.
3Un país diluido entre palacios, faros y regatas únicas
Italia tiene plazas célebres, pero pocas como la Piazza Unità d’Italia, la mayor de Europa abierta directamente al mar. Trieste la construyó como una declaración de poder en los últimos días del Imperio austrohúngaro y hoy sigue siendo el escenario donde la ciudad se muestra al mundo, rodeada de edificios monumentales que hablan de comercio, política y ambición.
Muy cerca, el Castillo de Miramare parece flotar sobre el Adriático con su blanco marfil reflejado en el agua. Fue la residencia del archiduque Maximiliano de Habsburgo y hoy es un museo que combina naturaleza y arte, con estancias inspiradas por el mar y jardines que invitan a pasear sin prisa, y cuando llega octubre, Trieste vuelve a romper los esquemas de Italia con la Barcolana, la regata más multitudinaria del mundo, donde profesionales y aficionados comparten mar frente a la Piazza Unità d’Italia mientras la ciudad se transforma en un auténtico estadio náutico.






