Las comidas copiosas suelen llegar asociadas a celebraciones, encuentros familiares, fines de semana largos o simplemente a días en los que apetece comer sin pensar demasiado. El problema no suele ser la comida en sí, sino lo que viene después, esa sensación incómoda de haber comido “demasiado” que se transforma rápidamente en culpa y en una especie de diálogo interno poco amable.
Las comidas copiosas forman parte de la vida real y negarlo solo aumenta el malestar, porque comer también es placer, cultura y descanso mental. Entender por qué aparece esa culpa y cómo gestionarla sin caer en dietas restrictivas es clave para mantener una relación sana con la comida y con el propio cuerpo, sin castigos ni soluciones extremas que suelen acabar en el efecto contrario.
1Por qué las comidas copiosas generan culpa
Las comidas copiosas generan culpa, en gran parte, por el mensaje constante de que comer de más es un fallo personal. Durante años se ha asociado el autocontrol con comer poco y “portarse bien”, lo que hace que cualquier exceso se viva como una pérdida de disciplina, aunque sea algo puntual y totalmente normal.
Además, las comidas copiosas suelen ir seguidas de comparaciones, con lo que hemos comido otros días o con lo que creemos que “deberíamos” haber comido. Esa comparación constante alimenta la culpa y nos aleja de escuchar al cuerpo, que muchas veces solo está respondiendo a una situación concreta, no a un hábito permanente.





