Quiénes son los líderes que ya han aceptado unirse a la polémica Junta de la Paz de Donald Trump

- Donald Trump ha presentado en Davos la "Junta de la Paz", una organización internacional con presidencia indefinida que busca reconstruir Gaza y resolver conflictos globales, atrayendo a aliados y autócratas mediante un polémico pago de membresía

Donald Trump ha vuelto a sacudir el tablero de la geopolítica mundial con la creación de la «Junta de la Paz», un organismo que nace con la ambición de rediseñar el orden internacional. Lo que comenzó como un comité para la reconstrucción de Gaza se ha transformado en una entidad global con pretensiones de reemplazar a las Naciones Unidas, bajo la presidencia indefinida del propio magnate estadounidense.

El anuncio, realizado en el marco del Foro Económico Mundial en Davos, ha generado una mezcla de adhesiones sorprendentes y rechazos contundentes por parte de las democracias occidentales.

Un organismo con Trump como líder vitalicio

La estructura de esta nueva organización rompe con cualquier esquema diplomático previo. Según el borrador de la carta constitutiva, Donald Trump ejercerá la presidencia indefinida, lo que le permitiría mantener el control del organismo incluso después de abandonar la Casa Blanca. Bajo su mando, se sitúa una «Junta Ejecutiva fundadora» integrada por figuras de su máxima confianza como su yerno, Jared Kushner, el secretario de Estado Marco Rubio y, en un giro inesperado, el ex primer ministro británico Tony Blair.

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La misión de la Junta se ha expandido rápidamente: ya no se limita a supervisar la desmilitarización y reconstrucción de la Franja de Gaza, sino que busca intervenir en zonas afectadas por conflictos en todo el mundo. Para muchos analistas internacionales, este movimiento representa el intento más serio de Trump por desmantelar el multilateralismo tradicional y sustituirlo por un modelo de gobernanza basado en el personalismo y el poder económico.

El precio de la paz: 1.000 millones por asiento

Uno de los aspectos más polémicos y singulares de la «Junta de la Paz» es su modelo de financiación. Trump ha establecido que los países que deseen un puesto permanente deberán pagar 1.000 millones de dólares. Aunque la administración estadounidense sostiene que estos fondos se destinarán a la reconstrucción de territorios devastados, la medida ha sido duramente criticada como un sistema de «pago por influencia» propenso a la corrupción a gran escala.

Esta cuota de entrada ha generado situaciones diplomáticas inauditas. Vladimir Putin, por ejemplo, ha sugerido utilizar activos rusos congelados en Estados Unidos para costear su membresía. El hecho de que se invite a potencias en conflicto a formar parte de un organismo de paz mediante el pago de sumas astronómicas ha encendido las alarmas sobre la verdadera naturaleza de la organización: ¿un foro de resolución de conflictos o un club exclusivo para estados petroleros y autocracias?

Una lista de invitados que alarma a Occidente

La composición de la Junta es un mosaico de aliados estratégicos y figuras controvertidas. Entre los países que ya han aceptado la invitación figuran potencias regionales como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Turquía y Egipto. Sin embargo, la inclusión de líderes como Alexander Lukashenko, a menudo llamado «el último dictador de Europa«, y la posible entrada de Rusia y China, han provocado una fractura profunda con los aliados tradicionales de Washington.

Benjamin Netanyahu también se ha unido al proyecto, a pesar de sus roces por la presencia de funcionarios de Qatar y Turquía en el comité ejecutivo. En América Latina, países como Argentina y Paraguay han dado el «sí» a Trump, alineándose con su nueva visión del mundo. Esta heterogénea alianza de monarquías del Golfo, repúblicas postsoviéticas y gobiernos alineados con el trumpismo busca presentarse como una alternativa pragmática frente a la «ineficacia» de los organismos tradicionales.

El bloque del «no»: La resistencia europea

Frente al entusiasmo de los estados del Golfo, la mayoría de las capitales europeas han reaccionado con escepticismo o rechazo directo. Francia, Noruega e Italia han declinado unirse, argumentando que la Junta de la Paz podría socavar la legitimidad de la ONU. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, llegó a señalar que la adhesión podría plantear problemas constitucionales graves, mientras que Francia cuestiona abiertamente la falta de transparencia en el funcionamiento del organismo.

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El rechazo más simbólico ha venido de Ucrania. Volodymyr Zelensky ha sido tajante al afirmar que es imposible sentarse en el mismo consejo que Rusia, su invasor, y Bielorrusia, su aliado principal. Para los líderes que defienden el «orden basado en reglas», la propuesta de Trump no es una herramienta para la estabilidad, sino una amenaza que busca fragmentar el sistema internacional y sustituir el derecho internacional por acuerdos transaccionales entre líderes fuertes.

¿El fin de las Naciones Unidas?

La pregunta que sobrevuela todas las cancillerías es si la «Junta de la Paz» podrá realmente eclipsar o reemplazar a la ONU. Trump no ha ocultado su desprecio por la organización de 80 años, a la que califica de institución fallida. Al no mencionar a la ONU en sus estatutos y presentarse como el nuevo eje de la estabilidad global, la Junta se posiciona como una competencia directa por la legitimidad internacional.

Desde la ONU, la respuesta ha sido de firmeza. Tom Fletcher, coordinador de ayuda de emergencia, ha asegurado que las Naciones Unidas no van a ninguna parte. Sin embargo, el hecho de que 35 países participen en la ceremonia de firma en Davos indica que existe un grupo significativo de naciones dispuestas a explorar un mundo post-ONU liderado por Trump. El éxito o fracaso de este experimento definirá si el siglo XXI seguirá bajo reglas colectivas o bajo la batuta de una junta de líderes presidida desde Mar-a-Lago.

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