La fibra ha pasado años siendo la gran olvidada de la nutrición, siempre presente en el discurso pero rara vez en el plato. Sabemos que es importante, que ayuda a la digestión y que conviene comer más frutas, verduras y legumbres, pero aun así España sigue consumiendo muy por debajo de lo recomendado. Apenas llegamos a unos 18 gramos diarios cuando los expertos insisten en que lo saludable estaría entre 25 y 35 gramos, una distancia que no es menor y que empieza a tener consecuencias visibles en la salud metabólica y emocional.
La ciencia lleva tiempo señalando que su papel va mucho más allá y que puede convertirse en una de las grandes claves de la alimentación del futuro. Así lo explica Carlos Morales, biólogo y tecnólogo de alimentos en Aurora Intelligent Nutrition, que habla de una auténtica revolución silenciosa. Durante años la proteína ha ocupado el centro del escenario, pero ahora la fibra deja de ser secundaria y empieza a reclamar el protagonismo que llevaba tiempo mereciendo.
1La fibra como respuesta a un problema global
La fibra aparece hoy como una de las respuestas más claras a un problema que no es solo español, sino mundial. El déficit de este nutriente coincide con el auge de la obesidad, los trastornos metabólicos y las enfermedades cardiovasculares, un contexto que la Organización Mundial de la Salud ya define como globesity. No se trata solo de comer más, sino de comer mejor y de equilibrar una dieta que durante décadas se ha inclinado hacia lo refinado y ultraprocesado.
Según Morales, el error ha sido pensar que bastaba con añadir más vegetales sin cambiar el enfoque, pues la fibra es esencial, sí, pero no todas actúan igual ni generan los mismos beneficios. La clave está en combinar alimentos reales con fibras solubles fermentables capaces de interactuar con la microbiota y activar mecanismos que influyen en la saciedad, la inflamación y el metabolismo energético, algo especialmente relevante en un entorno de sobrealimentación constante.






