El atún lleva décadas instalado en nuestra despensa como ese salvavidas al que recurrimos cuando no hay tiempo, cuando la nevera está medio vacía o cuando buscamos algo fácil y aparentemente saludable. Sin embargo, detrás de esa imagen de alimento práctico y cotidiano, el atún también arrastra la preocupación del mercurio, algo que cada vez suena más fuerte. No todo el mundo lo tiene en cuenta, pero el consumo habitual de este pescado puede implicar una mayor exposición a metales pesados si no se elige bien.
La buena noticia es que no todo el atún en lata es igual, ni todos acumulan la misma cantidad de mercurio. Saber leer la etiqueta y entender de qué tipo estamos comprando puede marcar una gran diferencia en nuestra alimentación semanal. Así lo explica la nutricionista Blanca García-Orea, conocida en redes sociales como @blancanutri, que ha puesto el foco en un detalle que muchos pasan por alto cuando cogen una lata del estante del supermercado.
1No todo el atún es el mismo aunque lo parezca
Cuando hablamos de este alimento solemos meterlo todo en el mismo saco, pero la realidad es que bajo ese nombre se esconden especies distintas. En el supermercado, lo más habitual es encontrar latas etiquetadas como “atún” y otras como “atún claro”, y aunque a simple vista puedan parecer lo mismo, no lo son. El atún, el que aparece así tal cual en la denominación, suele proceder de especies más pequeñas, siendo el más común el listado o pelamis.
Este tipo de atún tiene un tamaño bastante más reducido, alrededor de los 30 o 35 kilos, y eso es clave. Cuanto más pequeño es el pescado, menos tiempo ha tenido para acumular mercurio a lo largo de su vida. Por eso, dentro del mundo de este pescado en conserva, es el que presenta menor contenido de metales pesados y el que conviene priorizar si se consume con frecuencia.






