Hablamos a menudo de los sofocos o el insomnio, pero la osteoporosis es la verdadera bestia negra que espera agazapada tras la llegada de la menopausia. Es curioso cómo nos preocupamos por las arrugas de la cara mientras, por dentro, nuestro esqueleto se vuelve tan frágil como el cristal de una copa barata sin que le prestemos atención.
Las estadísticas no mienten y son francamente escalofriantes para cualquier mujer que haya soplado ya las cincuenta velas en su pastel. Se estima que una de cada tres sufrirá una fractura por fragilidad, una cifra que debería abrir los telediarios y que, sin embargo, permanece oculta en las consultas médicas por una alarmante falta de concienciación.
Osteoporosis ¿Por qué nadie me avisó de que mis huesos se estaban vaciando?
El gran drama de esta patología es su absoluta discreción, ya que no duele, no molesta y no avisa mientras va carcomiendo las trabéculas del hueso. Podrías estar perdiendo una cantidad crítica de masa ósea ahora mismo mientras lees esto y, paradójicamente, sentirte más sana y fuerte que nunca sin sospechar el peligro que corres. Es un enemigo invisible que rara vez da la cara en las analíticas de sangre rutinarias que nos hacemos cada año en la empresa o el centro de salud. Y así, en silencio, perdemos la armadura que nos sostiene.
Todo cambia drásticamente cuando los ovarios deciden jubilarse y los niveles de estrógenos caen en picado, dejando al hueso sin su escudo protector natural ante el paso del tiempo. A partir de ahí, el proceso biológico de destrucción ósea supera al de construcción, provocando que la estructura interna se vuelva porosa como si fuera una piedra pómez. Si no ponemos remedio inmediato en esta etapa crítica, la integridad de nuestra columna vertebral queda comprometida para el resto de nuestros días.
El crujido que te cambia la vida (y no es una metáfora)
A menudo, la primera y dolorosa noticia que tiene una paciente de su condición es cuando se rompe la muñeca al apoyar la mano o, en el peor escenario, la cadera. Lo dramático es que ese incidente no es fruto de la mala suerte, sino que marca el inicio de una cascada de fracturas que merma brutalmente la calidad de vida de la mujer.
No quiero ser agorero, pero debemos hablar claro y sin paños calientes sobre lo que implica realmente una fractura de cadera pasados los sesenta o setenta años. Las cifras de mortalidad y dependencia al año siguiente del accidente son altísimas, porque la recuperación es lenta y dolorosa y a menudo nos deja secuelas permanentes. Perder la autonomía para ir al baño o caminar sola es un precio demasiado alto por no haber tomado un suplemento o hecho ejercicio a tiempo.
La prueba de la verdad: pedir una densitometría a tiempo
Olvídate de las radiografías convencionales porque, cuando la osteoporosis se ve ahí, es que ya has perdido más del 30% de tu masa ósea y el daño es masivo. La única herramienta fiable hoy en día es la densitometría ósea, una prueba rápida e indolora que, incomprensiblemente, no se prescribe con la frecuencia necesaria en la sanidad pública salvo que haya factores de riesgo muy evidentes. Debería ser tan obligatoria y rutinaria como una mamografía al llegar a la menopausia para saber dónde estamos paradas.
Los resultados nos darán una «T-Score» que compara nuestros huesos actuales con los de una mujer joven y sana en su pico máximo de masa ósea. Si ese número baja de -2,5 desviaciones estándar, tenemos un problema serio encima de la mesa, aunque la osteopenia ya nos avisa antes de que vamos por un camino muy peligroso. Conocer este dato numérico es la única forma real de saber si estamos pisando sobre terreno firme o sobre arenas movedizas que pueden tragarse nuestra independencia.
Ni leche ni paseítos: qué funciona realmente contra el deterioro
Nos han vendido durante décadas que con un vaso de leche basta, pero la realidad metabólica de una mujer postmenopáusica es mucho más compleja y exigente. Necesitamos asegurar un aporte de calcio real y, sobre todo, unos niveles óptimos de vitamina D, porque sin ella el calcio no se fija y acaba eliminado tristemente por el riñón. A veces la dieta mediterránea no llega a cubrir estos requerimientos y hay que tirar de farmacología y suplementación sin miedo ni prejuicios.
Y aquí viene la parte que menos gusta escuchar: salir a caminar mirando escaparates no sirve absolutamente de nada para estimular la regeneración del tejido del esqueleto. El hueso es un tejido vivo que necesita sentir presión e impacto para fortalecerse, por lo que el entrenamiento de fuerza es innegociable si queremos frenar la pérdida acelerada. Levantar pesas no es cosa de culturistas de gimnasio, es el seguro de vida de cualquier abuela que quiera seguir cargando a sus nietos sin romperse en el intento.








