El atún forma parte de la rutina alimentaria de millones de personas y está presente en casi todas las despensas como ese recurso rápido al que recurrimos cuando no hay tiempo o ideas. Este alimento parece una opción cómoda, barata y saludable, perfecta para improvisar una comida sin complicaciones, y quizá por eso rara vez nos detenemos a pensar qué tipo de atún estamos consumiendo realmente ni qué diferencias existen entre unas latas y otras.
El problema es que este producto no es tan homogéneo como solemos creer. Bajo un mismo nombre se esconden especies distintas, tamaños muy diferentes y, sobre todo, niveles de mercurio que no siempre son los más adecuados para un consumo frecuente. Esto es precisamente lo que ha querido aclarar la nutricionista Blanca García-Orea, que ha puesto el foco en un detalle clave que muchas veces pasa desapercibido en el supermercado.
1El atún claro y el atún no son lo mismo
El atún se presenta en el lineal con distintos nombres que pueden llevar a confusión, pero no responden a una cuestión estética ni comercial. Cuando una lata indica que es claro, en realidad se está refiriendo a una especie concreta de pescado, de gran tamaño, que puede llegar a pesar hasta 200 kilos, y eso tiene consecuencias directas en su composición.
Según explica Blanca García-Orea, el del tipo claro es el que mayor contenido en mercurio tiene de todos los que se venden en conserva. Al tratarse de un pez grande, acumula más cantidad de este metal pesado a lo largo de su vida. En cambio, el atún que se denomina simplemente como tal suele proceder de especies más pequeñas, como el listado o pelamis, con un peso aproximado de 35 kilos, lo que lo convierte en una opción algo más moderada.






