La ola conservadora sacude a varias celebrites: de Rosalía a El Xokas

La ola reaccionaria que recorre el mundo no es solo un fenómeno político, sino también cultural. Desde las actitudes de Donald Trump en Estados Unidos hasta la deriva autoritaria en lugares como Minnesota, Venezuela, Irak o Groenlandia, los efectos de estas corrientes se sienten en todo el planeta, generando un riesgo global que trasciende fronteras.

Esta misma dinámica se reproduce en Europa y Latinoamérica con líderes como Giorgia Meloni, Nayib Bukele o Javier Milei, mientras que en España Vox ha consolidado una fuerza que también condiciona a la llamada izquierda cultural. La influencia de estas corrientes no se limita a las urnas o a los parlamentos: artistas y creadores se ven obligados a redefinir sus posiciones, no solo por convicciones personales sino por la presión de un público que exige coherencia ética y política.

Entre los casos más llamativos destacan Rosalía y el streamer Xokas, cuyas transformaciones públicas reflejan la tensión entre cultura, mercado y moralidad.

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EL CAMBIO DE ROSALÍA

La cantante Rosalía ha protagonizado uno de los giros más comentados en la esfera cultural española. Tras posicionarse con firmeza en contra de Vox y otras formaciones conservadoras, la artista ha lanzado un disco con una estética marcadamente católica, un cambio que ha generado debates sobre sus motivaciones y la coherencia de su mensaje.

Este giro se enmarca en un contexto global donde el silencio ya no es neutro: la cultura se ha vuelto un terreno donde la neutralidad es vista como complicidad. Un ejemplo previo de esta tensión se vivió con la matanza de Gaza.

Rosalia Moncloa
Rosalía vestida de monja para su último disco. Foto: EP.

Rosalía fue criticada por su silencio ante la violencia, y aunque finalmente publicó un comunicado condenando la muerte de inocentes, evitó mencionar explícitamente a Israel o emplear términos como «genocidio» o «apartheid». Su posición reflejaba un intento de equilibrar opinión pública y carrera artística, mostrando cómo la presión de la opinión cultural puede moldear decisiones creativas y comunicativas.

EL XOKAS: DE SIMPATIZANTE A CRÍTICO

El caso de El Xokas, uno de los creadores de contenido y streamers más seguidos de España, evidencia otra faceta de esta ola conservadora sobre la izquierda cultural. Hace unos años, el gallego se mostraba comprensivo con posiciones progresistas; hoy, en sus directos, se ha convertido en un crítico frontal del sistema y un azote de la presión fiscal y la regulación estatal excesiva.

En una entrevista con Pablo Motos en ‘El Hormiguero’, el gallego criticó la cuota de autónomos por considerarla injusta, ya que supone un 30% para quien ingresa 2.200 euros: «Dios aprieta, pero no ahoga; aquí ahoga o te ahoga, te deja seco».

Tras estas declaraciones, el streamer recibió una inspección de Hacienda, algo que interpretó como un riesgo inherente al supuesto control estatal sobre la ciudadanía. Sin embargo, descartó mudarse a Andorra, como otros creadores: «Sería un poco hipócrita luchar desde fuera en vez de luchar desde dentro», defendió, mostrando su compromiso de resistir desde Madrid, ciudad donde vive y compró su piso a título personal.

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El Xokas defendió su postura como un acto de responsabilidad y coherencia: aunque gana mucho dinero, su objetivo es «luchar desde dentro» y no someterse al silencio impuesto por la presión fiscal y mediática.

El streamer y Pablo Motos compartieron complicidad tras haber sido convertidos en ejemplo de machismo por el Ministerio de Igualdad: Motos por algunas preguntas a sus invitadas y El Xokas por bromas de mal gusto sobre el consentimiento de mujeres.

LA IZQUIERDA CULTURAL

La cultura se encuentra en el epicentro de esta transformación. Como mostró el caso de Kase.O, la izquierda cultural se enfrenta a dilemas éticos y económicos: el rapero decidió no cancelar su participación en festivales gestionados por fondos vinculados a intereses proisraelíes, enfrentándose a boicots y críticas en redes.

Aunque prometió donar parte de sus ganancias y expresó su dolor por la violencia en Gaza, su decisión fue interpretada como pragmática y a la vez polémica, reflejando la tensión entre ética y supervivencia profesional.

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